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La Princesa romance Capítulo 145

—¿Vas a buscar a Jacinta? —Estrella ya lo había adivinado antes de que Vanesa dijera una sola palabra.

—Estoy en la cafetería, justo saliendo de la callejón.

Vanesa sonrió de lado.

—Ya voy para allá.

Las dos se conocían desde la primaria, así que ni hacía falta decir mucho para entenderse. Cuando Vanesa llegó, Estrella ya la esperaba sentada en el carro.

—¿A qué hospital vamos? —preguntó Estrella, metiendo las llaves.

—Al Hospital Nuestra Señora del Consuelo.

Vanesa se puso el casco y apenas apoyó la mano en la cintura de Estrella, esta giró el manubrio. El motor rugió fuerte y el viento empezó a silbarles en los oídos mientras salían disparadas por la avenida...

...

Mientras tanto, en el hospital, alguien más ya había llegado antes.

Lucrecia Villegas, que se había enterado de la noticia esa mañana, pidió permiso en el trabajo y se apareció al mediodía. Cuando llegó, Jacinta estaba hecha un mar de coraje en la habitación; sólo Claudio la acompañaba, ni rastro de otro visitante.

—¡Dame el teléfono de mi papá! ¡Fue Elías quien me empujó por las escaleras, quiere matarme! ¡Sáquenlo de aquí de inmediato!

Por suerte, era una habitación VIP para una sola persona, así que los gritos de Jacinta no molestaban a nadie más.

Escuchando todo el escándalo desde afuera, Lucrecia no entró de inmediato. Se recargó en la pared, esperando el mejor momento para aparecer.

La visita no era idea suya, sino una orden de su papá. Según Mauricio Villegas, este era el momento ideal para ganarse la simpatía de Jacinta. Y si de paso veía a Matías y quedaba bien con él, la familia Villegas podría sacar ventaja para los negocios.

Aunque ya no esperaba nada bueno de su papá, Lucrecia sabía que si ella y su mamá querían mantener su vida de lujos—y evitar que la amante de Mauricio se metiera a la casa—tenía que seguir su juego y quedar bien con Jacinta.

—El señor está ocupado. Mejor relájese y recupérese. Voy a traer a alguien para que limpie esto.

La puerta se abrió y Lucrecia se enderezó. Le hizo una pequeña señal a Claudio, a modo de saludo. Claudio se inclinó levemente y se hizo a un lado para dejarla pasar.

Apenas entró, su expresión cambió: ahora se veía genuinamente preocupada.

—Jacinta, ¿estás bien? ¿Qué pasó aquí? —preguntó, mirando los pedazos de vaso en el suelo. Rodeó los restos con cuidado y se sentó en la silla junto a la cama.

—¿Lu? ¿Qué haces aquí? —Jacinta, todavía con la cara roja de coraje, se acomodó el cabello e intentó sonreír, aunque se le notaba forzada.

—En cuanto me enteré de lo tuyo, vine corriendo. ¿Cómo estás?

Jacinta apenas iba a empezar a quejarse, cuando el mayordomo entró acompañado de una persona de limpieza. No se fueron hasta que el suelo quedó limpio y, por fin, cerraron la puerta dejándolas solas.

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