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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 312

Nicolás le levantó el mentón e intentó besarla, pero Valentina usó toda su fuerza restante para esquivarlo.

—¿A esto le llamas amor? —Valentina trató de mantener la calma. Sabía que tenía que estabilizar las emociones de Nicolás.

Ella continuó:

—Crecimos juntos. Y aunque nunca me caíste bien porque siempre te burlabas de mí, nunca estuve completamente decepcionada de ti porque creía que todavía tenías remedio.

La expresión de desilusión en los ojos de Valentina hizo que Nicolás frunciera el ceño ligeramente.

La observó con una mirada compleja. Aquella mirada pareció lastimarlo, obligándolo a desviar la vista. Le soltó la cintura, se levantó y se sirvió otra copa de vino, bebiéndola de un trago.

En su mente pasó el recuerdo de Isabela burlándose de él días atrás.

Le había dicho que él no era un buen hombre, pero tampoco se atrevía a ser lo suficientemente malo, y por eso siempre sería un perdedor.

Era cierto. Precisamente por dudar tanto, Valentina terminó en los brazos de Sebastián.

Con el alcohol empezando a hacer efecto, se dio cuenta de que Valentina le decía esas cosas solo para buscar su compasión. Cuando la secuestró, en la pantalla de su teléfono estaba la noticia del escándalo de Sebastián.

Sebastián ya tenía la reputación manchada, ¡y ella todavía pensaba en él!

Después de otra copa, Nicolás miró a la mujer en la cama con una mirada siniestra. ¡Esta noche, sería completamente malo!

¿Lo rechazaba?

Él tenía innumerables métodos para hacer que ella lo aceptara, que lo necesitara, que respondiera a él... ¡y que no pudiera vivir sin él!

Valentina lo observó tomar una pequeña botella de vidrio de color ámbar de la mesa y un frío paralizante le congeló el corazón.

Sospechando de qué se trataba, intentó desesperadamente levantarse de la cama.

—No me mires con ese odio, Valentina. Una vez que el medicamento haga efecto, no podrás vivir sin mí.

Como si se acordara de algo, sonrió y la soltó. Se dirigió hacia la mesita de noche, abrió el cajón y extrajo una fina caja.

La abrió, revelando una pulsera de zafiro decorada con pequeños diamantes.

Sentándose de nuevo en el borde de la cama, agarró la mano de Valentina y le abrochó la joya alrededor de la muñeca.

—La última vez te negaste a aceptar el regalo. Ahora, yo mismo te lo pongo.

¡Ella no lo recordaba! Había borrado por completo todos los momentos entre ellos, ¡porque su cabeza y su corazón solo tenían espacio para Sebastián!

Pero él sí lo recordaba todo con una claridad dolorosa.

A los quince años, se dio cuenta de que se burlaba de Valentina porque sentía algo por ella. Ese mismo año, poco antes de su cumpleaños, esperó torpemente a Valentina después de clases, bloqueándole el camino, solo para preguntarle qué regalo planeaba darle. Valentina, molesta, le respondió: «Nicolás, ¿tienes un tornillo suelto? Jamás te regalaría nada». Nicolás, avergonzado y herido, fingió haber dicho otra cosa: «Escuchaste mal, quería saber qué querías tú que te regalara yo por mi cumpleaños». Y ella lo miró como si estuviera loco. Desde ese día, aprovechaba cualquier oportunidad para hacerle un obsequio, aunque ella nunca aceptó ninguno.

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