La pequeña camioneta empezó a reducir la velocidad poco a poco. Lorena levantó la vista y al instante descubrió una barrera colocada a mitad del camino: un bloque de hierro erizado con afiladas púas. Detrás del obstáculo había varios mercenarios que les apuntaban con sus armas. A juzgar por sus posturas, llevaban esperando un buen rato.
En ese instante, Lorena sintió que se le caía el alma a los pies.
¿Cuántos de esos mercenarios habrían llegado?
Si había en este punto, ¿acaso también había en las demás salidas?
¿De verdad Felipe lograría entrar sin problemas?
Lorena respiró hondo repetidas veces para intentar calmarse. El coche seguía perdiendo velocidad, pero no se detenía del todo.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Lorena.
El guardaespaldas respondió: —Tenemos dos opciones. Uno: damos la vuelta, buscamos un lugar donde escondernos y esperamos el rescate. Dos: aceleramos y tratamos de embestirlos, pero las llantas estallarán, perderemos el control del vehículo y nuestra vida correrá grave peligro.
Lorena se quedó callada.
¿Por qué no podía existir una tercera opción?
Ambas eran muy peligrosas.
Entonces, ¿qué debían hacer?
¿Se iban a rendir sin más?
Si se detenían, ¿los acribillarían a balazos o se los llevarían para usarlos como chantaje en contra de Josefina?
Ambas posibilidades eran pésimas opciones.
Lorena se aferró al cinturón de seguridad, pensando con rapidez en una salida.
—Yo tomaría la opción dos, chocar con ellos —dijo el guardaespaldas.

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