Un espeso silencio envolvió la habitación.
Josefina miraba al vacío, rodeada de un aura de tristeza.
Benjamín no podía verla; solo le quedaba intentar percibirla a través del tacto y el instinto. Pero ella no decía ni una palabra y su respiración era tan ligera que a él le resultaba imposible descifrar qué emociones cruzaban por su mente.
Una punzada de ansiedad atravesó su pecho. A tientas, buscó su mano. Al encontrarla, notó que sus dedos estaban helados, por lo que apretó su agarre, como si de esa forma pudiera transmitirle calor.
Habló con un tono que pretendía ser ligero, aunque no logró disimular la pesadez en su voz:
—Solo estaba bromeando. Claro que no voy a obligarte a quedarte a mi lado toda la vida. Así que no te sientas agobiada. En cuanto recupere la vista, ya no me deberás nada y firmaremos los papeles del divorcio.
Josefina giró la cabeza y lo miró mientras intentaba consolarla.
Él era quien había perdido la vista. Él era quien se había aferrado a ella, negándose a dejarla ir.
Y ahora... ¿se estaba rindiendo?
Un dolor agudo le atravesó el pecho, haciendo que su respiración temblara. Bajó la vista hacia las grandes manos del hombre, notando las venas marcadas bajo su piel. Era evidente el inmenso esfuerzo que estaba haciendo para contenerse.
Josefina cerró los dedos levemente, devolviéndole el apretón a modo de respuesta.
Debajo de los gruesos vendajes blancos, las cejas de Benjamín se arquearon.
Hay esperanza.
Su voz se volvió aún más ronca cuando añadió:
—No te sientas culpable. Todo lo que he hecho, lo hice porque quise.
Acto seguido, escuchó cómo la respiración de Josefina se volvía más profunda.
Tiró de ella suavemente, acercándola a su cuerpo, y la envolvió en un abrazo. Ella no opuso resistencia.
El sutil perfume de Josefina flotó en el aire, mezclándose y enredándose con el aroma de él.
La nuez de Benjamín subió y bajó. Sus dudas se esfumaron.
...
Después de descansar apenas un par de horas en el hotel, Teresa regresó al hospital. La doctora Lorena justo estaba en la habitación.
Al verla entrar, Lorena la saludó con una sonrisa.
—¡Señora Teresa! ¿Ya regresó?
Teresa asintió con una leve sonrisa.


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