La brisa nocturna soplaba, trayendo consigo el fresco de la noche. El aroma de Benjamín la envolvía, acorralándola sin dejarle escapatoria.
La respiración de Josefina se aceleró, un detalle que no pasó desapercibido para los afilados sentidos del hombre. Se acercó un poco más y murmuró con un tono seductor y persuasivo:
—Déjame besarte una vez, ¿sí?
Su voz parecía tener un hechizo; al escucharla, el corazón de Josefina se ablandó.
Lo miró a la cara. Aunque tenía los ojos cubiertos por los vendajes blancos, podía jurar que la estaba mirando fijamente.
Inexplicablemente, sintió un estremecimiento en el pecho.
Al no obtener respuesta, él no forzó las cosas, solo siguió insistiendo con dulzura.
—¿Sí?
—¿Me dejas?
—Solo un poquito, ¿eh?
Las palabras se mezclaban con el viento nocturno antes de llegar a sus oídos.
Josefina se sintió abrumada. Sus dedos se curvaron en un gesto de nerviosismo.
Para él, ese mínimo movimiento fue la señal que esperaba, e inmediatamente presionó sus labios contra los de ella.
Ambos tenían los labios fríos por la brisa, pero no fue desagradable. En cuestión de segundos, una cálida corriente se esparció entre los dos.
Su beso fue increíblemente tierno.
Como si estuviera sosteniendo el tesoro más frágil del mundo, la besó con cuidado, devoción y un respeto absoluto.
Las pestañas de Josefina temblaron violentamente. De pronto, un nudo amargo le apretó la garganta.
Quizás era el viento en sus ojos, pero sintió unas ganas inmensas de llorar.
La tristeza llegó como un tsunami, derrumbando todas sus defensas y borrando su cordura.
Benjamín la seguía besando, hasta que sintió el sabor salado en sus labios.
Se quedó paralizado. La soltó de inmediato, se sentó derecho junto a ella, claramente torpe y asustado.
—Perdóname, Jose. No lo volveré a hacer. No llores, por favor.
Extendió la mano, queriendo tocar su rostro para secarle las lágrimas.
¿Estaba recordando el pasado?
En ese instante, sintió una puñalada en el alma.
Rompió el beso, la abrazó con fuerza contra su pecho y habló con la voz rasposa, ahogada en remordimiento:
—Perdóname por hacerte recordar cosas que te lastiman.
Apoyada contra él, la visión borrosa de Josefina comenzó a aclararse.
Su repentino llanto se debía al contraste. Recordó cómo se amaban antes, cómo la besaba con esa misma adoración, cómo la abrazaba, cómo la sorprendía con regalos en cada fecha especial.
Lo que la destrozaba era saber que todo eso ya era cosa del pasado.
Su pasado juntos había sido tan hermoso...
Josefina cerró los ojos, sintiendo que una ola de dolor y angustia estaba a punto de devorarla. Era demasiado abrumador.
Quería huir.
Parecía que cualquier mínimo contacto con él encendía el interruptor de sus emociones, trayendo de vuelta tanto la dulzura de lo que fueron como el infierno de lo que habían perdido.

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