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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 638

La sonrisa en el rostro de Federico se congeló.

Sus ojos azules se clavaron en ella, y el brazo que la sostenía comenzó a apretar con más fuerza.

Al percibir el peligro, Silvia se apresuró a corregir:

—No... no quise decir eso, ¡no me ahorques, por favor!

Se cubrió la cabeza por instinto, aterrorizada de que en su locura la estrangulara hasta matarla.

Federico, al verla tan asustada, mostró una expresión de remordimiento.

—Perdóname, mi amor, no pretendía asustarte. Es solo que me duele. Te amo tanto y cuidé con cariño las cosas que hiciste con tus propias manos para demostrarte lo mucho que te valoro... ¿Cómo puedes decir que estoy enfermo?

Silvia sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Él soltaba esas palabras de amor con la misma naturalidad con la que respiraba.

—Preciosa, te amo. Por eso te trato así. Ni siquiera voltearía a ver a ninguna otra mujer —murmuró Federico con un tono suave, frotando su mejilla contra la de ella con cariño enfermizo.

Para Silvia, la sensación fue escalofriante.

—Deberías buscar a otras mujeres. Hay miles allá afuera que matarían por tu amor, pero yo no lo quiero.

Federico detuvo sus caricias. Cerró los ojos por un instante y luego respondió:

—Siempre dices cosas que lastiman, preciosa.

Volvió a abrir los ojos y la miró fijamente.

—Pero tus labios son perfectos para besar.

Sin darle tiempo a reaccionar, estrelló su boca contra la de ella.

—¡Mmm!

Tomada por sorpresa, Silvia sintió cómo él invadía su boca. Como una bestia salvaje, la besó con una intensidad voraz.

Desde el primer roce, fue un beso francés apasionado y agresivo.

Dicho esto, agarró la mano de ella y la presionó contra su abdomen, deslizándola hacia abajo.

Silvia encogió los dedos, negándose a tocarlo.

Federico se pegó más a ella, restregándose.

—Te deseaba, te he deseado tanto. Cada centímetro de mi cuerpo pedía a gritos estar contigo. Mi amor, hagámoslo aquí mismo, ¿sí? Frente a tu pequeña colección. Así, nunca más intentarás hacer una tontería como esta.

Le mordisqueó la oreja mientras le decía palabras llenas de perversión, encontrando con facilidad los puntos más sensibles de su cuerpo para excitarla a la fuerza.

Las mejillas de Silvia se tiñeron de un rojo intenso. Intentó empujarlo, pero él le sujetó ambas muñecas con una sola mano, se las alzó por encima de la cabeza y la acorraló contra la inmensa cava de vinos.

Acto seguido, la hizo darse la vuelta para que quedara de cara al mueble de cristal, mientras él la agarraba por la cintura, obligándola a amoldarse perfectamente a él.

—Míralas, mi amor. Cada una de estas botellas la preparaste tú misma. Qué bueno que nadie más las tocó, o me habría vuelto loco de celos.

Federico le besó el cuello. Su aliento caliente rozaba la piel de ella, quemándole los sentidos.

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