Al escuchar esto, Josefina no se atrevió a moverse más.
Sin embargo, sostenía un vaso de agua con una mano y estar presionada contra su pecho de esa manera la ponía en una posición muy extraña e incómoda.
Josefina abrió la boca para hablar, pero de inmediato recordó que había perdido la voz.
Frunció el ceño con gracia y luego comenzó a escribir sobre el hombro de él.
El tacto de sus dedos ligeramente fríos se transmitía con claridad a través de la tela de la ropa. La nuez de Adán de Benjamín subió y bajó.
—*¿No decías que querías tomar agua?*
Al entender lo que ella había escrito, la fuerza en sus brazos se relajó un poco.
Josefina aprovechó la oportunidad para liberarse de su abrazo al instante. Luego, apoyándose en los hombros de él, se levantó, lo ayudó a sentarse y le entregó el vaso de agua en sus manos.
Benjamín bebió un par de sorbos. Su garganta seca por fin se hidrató y su voz perdió gran parte de su ronquera.
—Jose.
Dos segundos después, Josefina lo tocó suavemente para indicarle que estaba ahí.
Benjamín bajó ligeramente la cabeza. Con los ojos sumidos en la oscuridad, su sentido del oído se había agudizado. Al escuchar la dirección de su respiración, supo que ella estaba sentada justo a su lado.
—No tengas miedo —le dijo—. Buscaré la manera de hacer lo que sea necesario para que tu voz se recupere.
Josefina soltó un leve murmullo.
Inmediatamente, le quitó el vaso de las manos.
El sonido del cristal posándose suavemente sobre el buró llegó a sus oídos, seguido por el ruido de una silla arrastrándose por el suelo.
El roce de la tela de la ropa, el sonido suave y superficial de su respiración...
Benjamín escuchó todo aquello con mucha atención y se giró hacia ella.
—Jose, estás justo aquí, ¿verdad?
Josefina lo miró con evidente asombro.
¡Si no fuera por la gruesa venda alrededor de sus ojos, habría creído que su vista estaba intacta!
¿De verdad este hombre era así de increíble?
¿Solo con su oído era capaz de ubicar su posición exacta?
Sus ojos parpadearon con nerviosismo, sin atreverse a mirar directamente a Benjamín.
Benjamín estaba ajustando cuentas.
Felipe se rascó la nariz y habló con tono vacilante:
—Al fin y al cabo, soy el guardaespaldas de Josefina. Es mi deber seguir sus órdenes...
Sin embargo, mientras más hablaba, más perdía seguridad.
—Tú mismo sabías que estaba mal y aun así lo hiciste. A ella no le importó ponerse en peligro, ¿y tú simplemente ibas a dejar que hiciera lo que quisiera? —El tono de Benjamín se volvió aún más frío.
¡Si Felipe no hubiera estado todo el tiempo al lado de Josefina, ten por seguro que no lo habría perdonado tan fácilmente!
Sabiendo que no tenía razón, Felipe no se atrevió a decir nada más.
Benjamín estaba a punto de seguir regañándolo, cuando sintió que alguien le tomaba la mano. Unas yemas ligeramente frías se posaron sobre su palma, escribiendo algo de forma rápida y desordenada.
Al no poder descifrar lo que decía, Benjamín la tomó de los dedos de inmediato y le dijo:
—Jose, estás escribiendo muy rápido, no entiendo lo que quieres decir. Escribe más despacio, no te voy a interrumpir.

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