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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 620

Benjamín y Felipe corrieron hacia adelante, con los ojos desorbitados, incapaces de procesar lo que acababa de ocurrir.

Sin embargo, sus pasos se detuvieron en seco casi al instante.

El eco de los disparos se desvaneció, y el cuerpo que cayó al suelo no fue el de Josefina, sino el del hombre que la tenía secuestrada.

El sujeto yacía con los ojos bien abiertos, reflejando una total incredulidad en su último aliento.

Seguramente ni en su peor pesadilla imaginó que, teniendo todo bajo control, sería él quien terminaría muerto.

Su cuerpo se desplomó lentamente y todo a su alrededor quedó envuelto en un silencio absoluto.

Josefina se encogió, creyendo que su vida había llegado a su fin, pero se dio cuenta de que no tenía ni un solo rasguño.

Giró la cabeza y vio a su captor en el suelo. A lo lejos, un hombre bajaba su arma.

Tenía el rostro tan pintado que era imposible reconocerlo, pero esos ojos fríos y calculadores la miraron por un segundo antes de dar la vuelta para irse.

¡Era el mismo hombre que la había descubierto antes!

¡El que la apuntó desde el árbol y decidió no dispararle!

¡Había sido él quien la salvó!

—¡Espera!

Al ver que se alejaba, Josefina corrió tras él.

¡Bang!

Pero al siguiente segundo, una bala levantó la tierra a escasos metros de ella, incrustándose profundamente en el suelo.

Josefina se quedó paralizada y su rostro palideció.

El hombre disparó a modo de advertencia para que no se acercara, y luego desapareció por completo entre la espesura.

—¡Jose!

Un grito cargado de pánico sonó a sus espaldas, ¡y de inmediato fue envuelta en un abrazo desesperado!

El calor abrasador del hombre logró disipar el frío que le calaba hasta los huesos.

Su respiración agitada resonaba en el oído de ella, y los brazos que la rodeaban eran como tenazas, apretando con tanta fuerza que parecía querer fusionarla con su cuerpo.

En el acto, un abrazo aún más posesivo la inmovilizó.

Esta vez, sus cuerpos quedaron pegados por completo, como si sus corazones latieran al mismo ritmo. La respiración cálida de Benjamín acariciaba su cuello, quemándole la piel.

—Josefina León, me dan ganas de estrangularte —susurró Benjamín con voz ronca—. ¿Cómo se te ocurre venir aquí sola? ¿Acaso querías que te mataran?

Josefina cerró los ojos y articuló con dificultad.

—Si no me sueltas... la que se va a morir ahora seré yo.

Al escucharla, Benjamín aflojó los brazos y la vio respirar profundamente un par de veces; la había apretado demasiado.

—Director Gutiérrez, le perdí el rastro a ese sujeto.

En ese momento, un guardaespaldas llegó corriendo apresurado e informó.

—Es demasiado ágil y experto en evasión. Me despistó en cuestión de segundos.

—Entendido —respondió Benjamín con frialdad.

Soltó a Josefina, pero no apartó la mirada de ella ni por un segundo.

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