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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 614

En medio de esa selva oscura como boca de lobo, Felipe había logrado acertarle al enemigo desde una distancia impresionante.

¡Josefina abrió los ojos con asombro!

Contuvo la respiración, intentando calmar la adrenalina que le recorría las venas.

Felipe soltó dos tiros más, pero esta vez el enemigo estaba alerta y no se escuchó ningún gemido.

—Vámonos.

Le susurró, avanzando rápido para abrirle paso.

Sin dudarlo un segundo, Josefina corrió tras él.

La oscuridad era total. Con los cazadores pisándoles los talones, a ella le pareció que incluso el canto de los insectos se había silenciado. Avanzó a tropezones, sin importarle que las ramas le rasparan la piel.

La selva era inmensa y el laberinto de ramas cruzadas desorientaba a cualquiera.

Felipe la guió cada vez más profundo, mientras la respiración agitada resonaba en sus oídos.

No supo cuánto tiempo caminaron hasta que, finalmente, Felipe se detuvo. Inspeccionó el terreno y murmuró.

—Descansemos un momento aquí. Voy a preparar un par de trampas rápidas.

—De acuerdo —asintió ella.

Sacó su botella y bebió un sorbo de agua, haciendo un esfuerzo sobrehumano para calmar su pulso. Sin embargo, poco después, sintió una mirada clavada en su nuca.

En un lugar tan silencioso y lúgubre, ¡la sensación de ser observada era insoportable!

¡Miró frenéticamente a su alrededor con el corazón en la garganta!

¡Alguien los había encontrado!

¡La habían descubierto!

Apretó la pistola con ambas manos; el sudor frío le escurría por la frente.

Unos diez segundos después, esa sensación opresiva desapareció de repente.

Pero Josefina no bajó la guardia.

Quienquiera que estuviese escondido no la había matado al instante. ¿Qué intenciones tenía?

—Entonces no nos quedemos aquí. Hay que adentrarnos más. Nos siguen de cerca, debemos aguantar hasta el amanecer. Con luz será más fácil deshacernos de ellos.

—Entendido.

Josefina asintió y, obligando a sus piernas temblorosas a moverse, siguió el ritmo de Felipe.

Había que admitir que él tenía muchísima experiencia sobreviviendo en la selva. Sabía guiarse por el estado de las ramas y el crecimiento de las plantas para elegir la mejor ruta, evitando espinas y terrenos intransitables.

A esas alturas, Josefina ya no sentía las piernas; caminaba únicamente por fuerza de voluntad.

No podía detenerse.

Si se detenía y los atrapaban, estaba muerta.

El tiempo avanzó lento, y la negrura del cielo comenzó a disiparse. Una pálida luz del alba se filtró por las rendijas del follaje.

Josefina miró hacia arriba y sintió que el mundo le daba vueltas.

Felipe se detuvo nuevamente.

—Hay un río ancho más adelante. No sabemos qué peligros esconda el agua, así que no podemos cruzar ahora. Busquemos un lugar para descansar un rato.

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