Su semblante reflejaba una absoluta seriedad. Daba la impresión de que, si ella no le creía, se quedaría estancado en el tema y le seguiría dando explicaciones sin parar.
Josefina bajó un poco la mirada y replicó con voz suave:
—Pero lo bien que la tratabas fue real, y también es real que me dejaste de lado por ella.
El ambiente volvió a tornarse pesado.
Benjamín intentó decir algo, pero finalmente solo articuló:
—Perdóname.
Sus disculpas iban dirigidas a cada uno de esos momentos en los que la había herido.
Sobre todo después de enterarse de lo que había pasado con los padres de Magdalena; eso le había dejado clarísimo lo estúpido que había sido.
Así que ella tenía todo el derecho a estar triste, a sentirse decepcionada y a reclamarle.
Josefina giró la cara y, sin alterar su tono, le preguntó:
—¿Cómo te enteraste de lo que me pasó hoy?
«¡No me digas que me mandó a vigilar con alguien que se le escabulló a Felipe!», pensó.
Benjamín desvió la mirada y contestó:
—Tengo mis propios métodos. Si te los digo, ¿qué haré cuando tomes medidas la próxima vez?
Josefina se quedó muda ante el cinismo del comentario.
Para no darle más importancia, agarró su celular y volvió a su juego, ignorándolo por completo.
Sin embargo, Benjamín la miró de frente y prosiguió:
—El entorno y los contactos de Manuel son bastante complicados. Lo mejor es que, de ahora en adelante, mantengas tu distancia con él.
Josefina ni le contestó.
Para él, esa reacción era un claro desplante.
Su voz adoptó un matiz más frío.
—Josefina, ¿me estás escuchando?
Josefina siguió en su mundo, como si le hablara a la pared.
Semejante berrinche de enojo casi le revienta el estómago a Benjamín. Enojado, se quitó las cobijas y bajó de la cama, pero el movimiento brusco le abrió las heridas. De inmediato soltó un jadeo al sentir un intenso dolor.
—Ah...
Un quejido sordo se escapó de su boca.
Josefina parpadeó un par de veces y volteó hacia la cama. Lo vio ahí, a medias en su intento de levantarse, todo rígido, con sus cejas fruncidas y el rostro reflejando dolor.

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