Como si supiera que iba a negarse, Benjamín la miró fríamente y le advirtió:
—Si te vuelves a oponer, te arrastro yo mismo. Pero mis heridas todavía no sanan; si te jaloneo, seguro se me van a abrir los puntos, y entonces tendrás que quedarte más tiempo para cuidarme. ¿Eso es lo que quieres?
Josefina guardó silencio. Le dirigió una mirada cargada de emociones encontradas y, resignada, acompañó a la enfermera para hacerse los estudios.
Benjamín le mandó un mensaje a Felipe para que entrara a la habitación.
Felipe no entró del todo; se quedó en el marco de la puerta y le preguntó con impaciencia:
—¿Ahora qué quieres?
Benjamín lo miró con furia contenida.
—¿No que la ibas a proteger bien?
Felipe sintió una abrumadora presión caer sobre él, lo que le provocó un escalofrío en la espalda. Como sabía que tenía parte de la culpa, se frotó la nariz con nerviosismo y por fin entró.
—La neta, hoy hubo un contratiempo.
Procedió a contarle a Benjamín todo el chisme de principio a fin.
Al terminar, frunció el ceño, confundido.
—He visto a Manuel varias veces y, la verdad, no tiene facha de hacer ese tipo de porquerías.
El apuesto rostro de Benjamín se mantuvo inexpresivo.
—Las apariencias engañan.
Felipe lo observó un segundo y asintió.
—Tienes toda la razón.
Benjamín le lanzó una mirada fulminante y le espetó:
—Lárgate.
Felipe resopló molesto y salió del cuarto.
Benjamín miró por la ventana, analizando la situación. En efecto, Manuel no parecía el tipo de persona que se ensuciaría las manos de esa forma.
Al fin y al cabo, era un plan sumamente estúpido.
Y este incidente claramente no tenía nada que ver con los atentados anteriores. El atacante no era un mercenario extranjero y no actuó con limpieza ni profesionalismo.
Entonces, ¿quién había usado a Manuel como chivo expiatorio?
***
Josefina regresó pronto de su revisión. Los resultados indicaron que su cuerpo estaba en perfectas condiciones.
Al entrar a la habitación, el cansancio era evidente en su rostro.
Benjamín fijó la mirada en ella y preguntó:

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