Estacionó frente a las oficinas del Registro Civil.
Josefina tomó sus papeles y se bajó del coche, solo para encontrarse el automóvil de Benjamín aparcado a unos metros.
Al abrirse la portezuela, aquel hombre imponente descendió a paso firme. Llevaba puesto un traje negro sin corbata, lo cual le daba un aspecto ligeramente desenfadado.
Sus ojos oscuros y penetrantes buscaron a Josefina y la escudriñaron de arriba a abajo. Inmediatamente después, el hombre se dirigió hacia el edificio.
Ella se apresuró a ir tras él.
Parecía que esta vez no tendrían mayores complicaciones.
Pero la sorpresa se la llevaron al llegar a la puerta, pues descubrieron que las oficinas estaban cerradas.
Josefina se quedó perpleja.
Benjamín arqueó las cejas con cierta ironía, verificó la pantalla de su teléfono y dejó salir una pequeña carcajada.
—Hoy es sábado.
A Josefina se le cayó la cara de vergüenza.
Levantó ligeramente la barbilla para mirar el cielo y de pronto se sintió muy ridícula por todo el escándalo que había armado.
Ya hasta había presumido su aventura en Instagram, rompiéndose la cabeza todo el camino tratando de descifrar por qué le habían puesto el camino tan fácil, hasta llegando a dudar de sí misma.
Quizá después de todo no habían sido ni Manuel ni Emiliano los que intentaban sabotearla, sino un tercero en discordia.
¡Pero resulta que todo el problema era que cayó en fin de semana!
Josefina hizo un ademán de restarle importancia al asunto.
—Entonces vengo el lunes.
¡Faltaba más, este divorcio se tenía que llevar a cabo a como diera lugar!
—Josefina —la llamó el hombre a sus espaldas.
Josefina detuvo su andar sin voltear a verlo, invadida por una repentina pesadez en el pecho.
—A estas alturas ya estamos prácticamente igual que si nos hubiéramos divorciado —comentó Benjamín, contemplando fijamente su delicada silueta, mientras el viento jugaba con unos mechones de su cabello—. ¿Qué necesidad hay de formalizarlo con un simple papel?
—A mí sí me importa.
La respuesta de Josefina no se hizo esperar:
—Hasta no cortar todo vínculo contigo de una buena vez, siempre voy a sentir que traigo una soga invisible en el cuello, asfixiándome, lastimándome, sin dejarme vivir en paz.
La mirada de Benjamín se oscureció un par de tonos.
—¿Estar casado conmigo te lastimó tanto?

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