Josefina apartó la mirada evaluadora y se tragó las dudas que rondaban por su cabeza.
Como ya era tarde, pagaron la cuenta y cada quien tomó su camino.
Cuando Josefina volvió al coche, Felipe la estaba esperando en el asiento del conductor.
—Señorita León, ¿notó algo fuera de lo común? —preguntó él.
—La verdad es que sus reacciones me parecieron sinceras. Se supone que no tendría ninguna razón para obstaculizar mi divorcio —respondió Josefina negando con la cabeza.
—Entonces solo nos queda sospechar de Manuel —sugirió Felipe.
—Exacto.
Josefina asintió; buscaría una oportunidad para poner a prueba las intenciones de Manuel.
El vehículo ingresó al estacionamiento subterráneo del Residencial Las Jacarandas.
En cuanto Josefina abrió la puerta y bajó, una figura se acercó a ella y la tomó con firmeza de la muñeca.
Se asustó, pero al levantar la vista vio que se trataba de Benjamín.
Al instante, frunció su bonito ceño y trató de zafarse por instinto.
—¿Qué te pasa? ¡Suéltame!
Felipe se interpuso apresuradamente.
—¡Oiga! ¿Qué cree que está haciendo?
La mirada helada de Benjamín se posó sobre Felipe. El guardaespaldas tuvo un escalofrío que no supo explicar, pero fingió que no le importaba y siguió bloqueándole el paso.
¡Ni de broma se iba a apartar!
Si daba media vuelta y huía en ese momento, ¿acaso iba a poder conservar su trabajo con Josefina?
Seguramente no solo Josefina se lo reprocharía, sino que ese chamaco de Jaime le pondría una buena regañada.
Benjamín decidió ignorar a Felipe y se dirigió a Josefina en voz baja:
—Sube a mi coche. Te voy a explicar lo de las empleadas domésticas, y en cuanto termine, te dejaré ir.
El semblante de Josefina cambió; recordó al instante los documentos que él le había enviado.
Lo meditó un segundo antes de mirar a Felipe.
—Quédate aquí afuera haciendo guardia —le ordenó.
—Entendido —asintió Felipe.
Benjamín la soltó de la mano y avanzó primero.

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