—¿Y cómo ha ido con su recuperación, señora? —preguntó Manuel con genuina preocupación.
—Ya de maravilla —sonrió la abuela con amabilidad, y enseguida agregó—: Oye, Manuel, ¿has andado con mucho trabajo últimamente? Ya llevaba varios días sin verte.
—Todo muy tranquilo, la verdad. Me enteré de que ya la habían dado de alta, pero no quise venir a visitarla para no importunarla. Necesita descansar.
—No te mortifiques por eso, muchacho. Puedes darte una vuelta por acá cuando quieras. Así aprovechas para echar chisme un rato conmigo —la anciana asintió mientras le daba su aprobación.
—Uy, pues si usted me da luz verde, la voy a estar molestando bien seguido, eh. Nomás no me vaya a agarrar coraje después —bromeó Manuel.
—Claro que no —respondió la abuela al instante—. Date tus vueltas más seguido, me cae muy bien platicar contigo. Aparte tú y Jose se llevan a todo dar; deberían salir a distraerse de vez en cuando.
—Sale, así le hacemos.
En ese preciso momento, Josefina salió de su habitación. Traía puesto un cubrebocas.
—Manu, ya llegaste —sus ojos brillaron un poco al verlo.
Él asintió.
—¿Te despertamos con el ruido?
—No, no. Para nada, mi cuarto está muy bien insonorizado —sonrió ella y sus ojos se curvearon tiernamente; su voz se seguía escuchando algo ahogada y ronca.
—Llegas en buen momento —dijo Manuel—. Justo acabo de traerte la comida. Dale una probada a ver si te gusta.
—Súper, claro que sí.
Alejandra ya había servido la porción en un plato hondo. Josefina tomó la primera cucharada y de inmediato le levantó el pulgar en señal de aprobación.
—¡Está riquísimo, en serio!
Manuel la miró con mucha ternura.
—Sírvete más si te gustó. Es una receta buenísima que te va a ayudar a recuperarte mucho más rápido.
—Entonces me lo tengo que acabar todo —Josefina empezó a dar sorbitos pequeños pero constantes.
El celular de Manuel interrumpió la calma. El chico tomó la llamada y al colgar le comentó a Josefina:
—Me acaba de surgir un imprevisto en el trabajo. Ya me tengo que ir.
—Está bien.
Josefina lo acompañó hasta la entrada principal del departamento.
Antes de cruzar la puerta, Manuel volteó hacia ella y le recordó:
—Cuando terminen me echas la mano llevando mi termo a mi departamento, ¿va?
—Sí, claro.
Josefina asintió.
Manuel soltó una risa amigable.
—Sale. Vete a descansar, ya no te salgas a que te pegue el aire.

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