—Señorita León, ¿cómo se siente?
La voz de Alejandra la sacó de sus pensamientos. Sonaba bastante preocupada.
Josefina volvió a la realidad y giró la cabeza para verla.
—Me siento mucho mejor. ¿Qué hago en el hospital?
Aún le dolía un poco la garganta al hablar, pero ya no era un martirio como la noche anterior.
—Tenía una fiebre altísima anoche —explicó Alejandra—. Nos asustamos tanto que decidimos traerla de urgencia.
Pero había algo esquivo en la mirada de la cuidadora; parecía que se estaba guardando algo.
Sin embargo, Josefina no notó nada extraño y solo le dijo:
—Muchas gracias por traerme.
Alejandra movió las manos rápidamente con nerviosismo.
—No... no fue decisión mía.
—¿Fue mi abuela? —Josefina soltó una leve sonrisa—. Pobre abuela, de seguro no pegó el ojo en toda la noche. Me da tanta pena haberla asustado.
Al oír esto, Alejandra no pudo evitar suspirar; la miró con una expresión complicada, pero decidió no darle más detalles.
Poco después, un doctor entró a revisarla. Le informó que la fiebre ya había cedido por completo y que ahora solo necesitaba seguir descansando en casa.
Cuando terminó de pasarle el suero, Josefina recibió el alta y se fue del hospital.
Y no había pasado mucho tiempo desde que se fue, cuando la figura alta e imponente de un hombre apareció en su habitación, solo para toparse con que ya estaba vacía.
El rostro atractivo del hombre se llenó de confusión. Enseguida interceptó a una enfermera para preguntar:
—¿Dónde está la paciente que estaba en este cuarto?
—¿La señorita Josefina? Ya la dieron de alta —respondió la enfermera.
Benjamín se quedó de pie junto al pasillo, con el ceño fruncido. Todavía sostenía en la mano un termo metálico lleno de un caldo que a ella le encantaba.
Solo se quedó quieto un par de segundos más antes de darse la media vuelta y salir de ahí.
Una vez arriba de su coche, le marcó a Felipe.
El tono de llamada sonó por varios segundos, casi hasta el punto de mandarlo a buzón, antes de que alguien contestara.
La voz impaciente de Felipe resonó en el altavoz:
—¿Qué pasó?
—¿Cómo se veía cuando salió del hospital? —le preguntó Benjamín en un tono grave.
—Si tantas ganas tienes de saber, pues ve y checa con tus propios ojos —espetó Felipe.
La voz de Benjamín se volvió varios grados más fría:
—Te estoy pidiendo que me digas.
Felipe soltó un bufido sarcástico.

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