—Tome, señorita León, beba un poco de agua.
Felipe se acercó en ese momento con un vaso en la mano. Josefina frunció levemente el ceño al observar la dirección de la que venía. Él no solía ser tan atento.
Y justo al final de aquel pasillo, estaba parado Benjamín, hablando por celular y sosteniendo también un vaso con agua en la mano.
Josefina apartó la mirada y dijo:
—Gracias, pero no tengo sed.
Felipe, en efecto, no era tan detallista; fue Benjamín quien le había ordenado llevársela. ¿Para qué le llevaba eso en un momento como este? Estaba seguro de que la señorita León la rechazaría. ¡Y dicho y hecho, tenía toda la razón! Era un esfuerzo inútil.
Felipe dejó el vaso sobre una mesa cercana y se quedó al lado de Josefina, alerta para garantizar su seguridad.
El gerente del bar no paraba de ofrecer disculpas y de agachar la cabeza avergonzado, aguantando los reclamos y los insultos de los clientes indignados. Después de todo, siendo un incidente tan grave, él cargaba con gran parte de la responsabilidad.
La policía llegó poco tiempo después. Para facilitar la investigación, despejaron uno de los cuartos privados y empezaron a llamar a todos los clientes, uno por uno, para interrogarlos. Como el caos se había desatado de improviso, cualquiera podía ser el principal sospechoso del apuñalamiento.
Quienes contaban con testigos que respaldaran su coartada quedaban libres de sospecha rápidamente, pero a los que no tenían cómo justificarse se los llevaban a la delegación para continuar la investigación.
Pronto fue el turno de Josefina, y la mandaron llamar al cuarto.
—¿Qué estaba haciendo cuando ocurrieron los hechos? —le preguntó un oficial.
—Estaba en la pista de baile —respondió ella.
—¿Escuchó algo inusual cuando se cortó la luz? ¿Qué hizo después?
Josefina le relató todos los detalles de principio a fin.
Finalmente, el policía preguntó:
—Mencionó que se escondió en el cuarto de limpieza con alguien, ¿quién era esa persona?
Josefina bajó un poco la mirada antes de responder.
—Mi esposo, Benjamín.
—Muy bien, ya puede retirarse.
El siguiente en entrar fue Benjamín. Sin embargo, minutos después, volvieron a llamarla.
—Disculpe, oficial, ¿hay algún problema? —preguntó Josefina, totalmente desconcertada.

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