¿Y qué te haría sentir mejor? —preguntó Josefina—. ¿Vamos de compras?
—Vamos a contratar a unos chicos guapos. —A Silvia se le iluminaron los ojos y se llenó de entusiasmo—. Ya vi a demasiados tipos horribles, necesito admirar a hombres atractivos para recuperar el buen gusto.
Josefina asintió.
—Me parece bien, vamos.
—¡Vamos! —exclamó Silvia.
Las dos se dirigieron directamente al Club Monte Claro.
No pidieron un cuarto privado, sino que se acomodaron en un área VIP del bar. Con un ademán arrogante, Silvia le indicó al gerente que sirviera bebidas y que trajera a todos los acompañantes masculinos. ¡Quería verlos uno por uno!
El gerente le echó un vistazo a la ropa de Silvia y Josefina; al ver que llevaban marcas de diseñador, no dudó ni un segundo en cumplir la orden.
Al poco tiempo, veinte hombres formaron una fila frente a ellas.
Con un brazo cruzado y acariciándose la barbilla con la otra mano, Silvia empezó a caminar de un lado a otro, analizándolos de pies a cabeza.
Al final, señaló a uno.
—Él se queda. Los demás no sirven. ¡Tráeme a otros veinte!
Hicieron lo mismo hasta que pasaron unos sesenta chicos. Silvia seleccionó a cinco, y con una expresión medianamente satisfecha, declaró:
—Muy bien, vengan. Si me consienten y me hacen feliz esta noche, no les faltarán buenas recompensas.
Los cinco chicos se aglomeraron a su alrededor al instante; uno le masajeaba los hombros, otro las piernas, y otros más le daban a probar alcohol y fruta en la boca. Uno incluso le tomó la mano a Silvia y le susurró:
—¿Quieres tocarme los abdominales?
Silvia estaba gozando como nunca; de aquella chica frustrada ya no quedaba ni el rastro.
¿De verdad los hombres guapos tenían un efecto tan mágico?
Josefina observaba la escena desde un lado, sumida en sus pensamientos.
Su celular vibró. Lo sacó y vio un mensaje de Felipe.
[Señorita León, no se preocupe, estoy justo detrás de usted a la izquierda, diviértase con tranquilidad.]
Josefina esbozó una sonrisa y se sintió un poco menos tensa.
—Tú, ve a consentirla a ella —dijo Silvia, señalando a un chico con cara de niño malo y mirada atrevida—. Es una mujer millonaria, así que si la haces feliz, te dará lo que pidas.
El joven se acercó de inmediato a Josefina.

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