Luisa asintió con la cabeza.
—Claro que sí, señorita León.
Manuel se puso de pie.
—Perfecto, vámonos de una vez.
—Va —aceptó Josefina.
Ambos salieron juntos del hospital. Los últimos rayos del atardecer bañaban la ciudad y las calles estaban llenas de tráfico y movimiento.
Manuel le echó un vistazo a su expresión y preguntó:
—¿No pudiste arreglar tu asunto?
—No —respondió ella.
Josefina se veía bastante desanimada. Ese problema ya se había alargado demasiado.
—¿El director Gutiérrez se echó para atrás otra vez? —insinuó Manuel.
—No lo sé —suspiró Josefina—. Pero mientras no firme el divorcio, no voy a retirar la demanda. Tiene que hacerlo tarde o temprano.
Manuel asintió en señal de comprensión.
—Veo que estás muy decidida. Mira, ya que andas de capa caída, deja que te invite a cenar.
Revisó su reloj de pulsera y añadió:
—Alguien me recomendó un barecito por aquí que dicen que sirve comida muy buena.
A Josefina se le iluminaron los ojos.
—Suena bien.
En ese momento, la verdad es que sí tenía ganas de tomarse un trago.
De otra forma, sentía que no lograría sacudirse ese mal humor que traía atorado en el pecho.
—Vámonos en mi coche de una vez —sugirió Manuel—, y al rato nos vamos juntos.
Josefina lo pensó un segundo; de todos modos no iba a poder manejar si tomaba, así que decidió aceptar.
—Órale.
Cuando llegaron al bar, ya había caído la noche. Las luces de tonos cálidos estaban encendidas y, apenas cruzaron la puerta, un suave y agradable aroma a alcohol los recibió.
—¡Señor Fuentes! ¡Qué milagro!
Los saludó el dueño del lugar con una enorme sonrisa.
La barra estaba ahí mismo, y el dueño, que llevaba un delantal puesto, parecía estar preparando unos cortes de carne.
Manuel buscó una mesa cualquiera, le apartó la silla para que se sentara y le preguntó:

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