La expresión de Felipe también se puso seria.
—Mandé a un par de chavos a San Isidro del Valle y dieron con gente que estuvo durante el sismo. Al principio se hicieron güeyes, decían que ni se acordaban de usted, pero yo olí luego luego que estaban mintiendo. Les tuve que apretar las tuercas a uno y al final soltó la sopa.
—Resulta que el señor era el velador de la Escuela Primaria Valle Claro. Dice que cuando empezó a temblar, todos los chamacos salieron corriendo a la calle, pero que usted se regresó para adentro. Que le gritó un montón de veces para que saliera, pero usted ni lo peló. Dice que al ratito salió cargando a un niño en la espalda, pero nomás dio un par de pasos y se desmayó. Para su buena suerte, dejó de temblar; unos señores se metieron al rescate y los sacaron antes de que les cayera todo encima.
Josefina sintió que el corazón se le salía por la garganta. Apretó la carpeta con fuerza y preguntó:
—¿Te dijo si el niño que saqué era Benjamín?
Felipe arrugó la cara.
—Dijo que hasta ahí le llegaba la memoria, pero sacó otro detallito muy cabrón: que hubo un vato que le pagó para que se quedara callado... y ese vato fue el mismísimo Benjamín.
¡Josefina arrugó la carpeta con furia entre sus manos!
¡¿Benjamín había pagado para encubrir todo?!
¿Por qué chingados haría algo así?
¿Estaba ayudándole a Magdalena con sus mentiras?
Como Magdalena le había hecho creer que ella lo había salvado, él se tragó el cuento entero y, para protegerla, ¡había sobornado testigos para respaldar su mentira!
¡La rabia se le inyectó en los ojos a Josefina!
¡Había sido ella quien le salvó el pellejo!
¡Pero él prefirió creerle a Magdalena!
Al recordar la forma en que él se había estado comportando últimamente, le dio asco y ganas de reír a la vez.
Ya no entendía ni madres de lo que pasaba por la cabeza de ese idiota.
Pero, como ya le había quedado clarísimo que su corazón le pertenecía a Magdalena, le iba a echar una mano.
Al fin y al cabo, tarde o temprano iban a acabar juntos, ¿no?
Ella solo iba a acelerar el proceso.
—Señorita León, ¿se encuentra bien?
Felipe le preguntó con cierta preocupación al notar la ira descompuesta en su rostro.
—Estoy bien.
Josefina tuvo que inhalar y exhalar varias veces para calmar su furia.

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