—¡Qué chingón!
Emiliano la felicitó con total sinceridad.
—Entonces, ya no tienes de qué preocuparte con Magdalena. Supongo que tu único pendiente fuerte ahorita es firmar los papeles del divorcio, ¿no?
—Así es. —Josefina asintió—. En cuanto resuelva eso, seré cien por ciento libre.
La mirada de Emiliano se oscureció un instante y su sonrisa se ensanchó.
—Y yo te voy a ayudar a conseguir esa libertad.
Josefina sonrió dulcemente.
En ese preciso instante, su celular vibró. Era un mensaje de Felipe.
Al mismo tiempo, le llegó otro mensaje de un número desconocido.
Felipe: [Señorita León, conseguí unas pistas sobre los papás de Magdalena. ¿Nos vemos para platicar?]
[Ten mucho cuidado con Emiliano. Ese cabrón no es tan transparente como aparenta].
Josefina borró el mensaje del desconocido sin pensarlo dos veces y le respondió un "Ok" a Felipe.
Luego, volteó a ver a Emiliano.
—Me acaba de salir un imprevisto, me tengo que ir.
—Órale, yo también ya me retiro.
Emiliano asintió suavemente.
Ambos salieron de los jardines del hospital. Emiliano se subió a su coche y arrancó, mientras que Josefina llamó a Felipe.
Felipe la estaba esperando dentro de su auto. Josefina se acercó, abrió la puerta del copiloto y se subió.
Felipe le entregó una carpeta.
—Échele un ojo a esto, señorita León.
Dicho esto, se bajó a echarse un cigarro y, de paso, echar aguas por si alguien se acercaba.
Josefina abrió la carpeta y le dio una ojeada rápida a los papeles.
La madre de Magdalena se llamaba Dolores Reyes, y su padre, Hugo Salinas.
Entre los documentos venía una fotografía de Dolores y Jimena. En la imagen, ambas jóvenes sonreían de oreja a oreja hacia la cámara, abrazadas como uña y mugre.
Dolores había crecido en Loma Alta. Ella y Hugo eran amigos de toda la vida y habían ido a la misma escuela desde el kínder.

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