Benjamín reaccionó rodeándola de la cintura, levantándola levemente y clavándola con más fuerza contra el muro del baño. Optó por ignorar la profunda repulsión en el rostro de Josefina y se limitó a informar en tono lúgubre:
—Jose, ya me revertí la vasectomía. Por fin podemos encargar un bebé.
—¡Te estoy diciendo que no quiero!
Josefina gritaba en un intento fallido por disuadirlo mientras le soltaba toda clase de golpes manotazos; de tanto gritar ya le dolía la garganta. Pero eso no detuvo a su esposo. Fue en ese preciso instante que se dejó ver la desigualdad natural entre un hombre y una mujer. Los ataques de la chica, a los ojos de Benjamín, no fueron más que los pataleos de un niño, y la neutralizó en el acto. Él actuaba cegado por la obsesión, al grado de llevarla hasta el agotamiento extremo en aquella larga sesión; su cadera y piernas le temblaban de cansancio.
Una vez que todo concluyó, el hombre le sobó el vientre por debajo del ombligo, con sus ojos avellanados ensombrecidos.
—Jose, ya está hecho, pronto estarás esperando a nuestro bebé.
Temblando de pies a cabeza, y con los párpados muy hinchados por no haber dormido casi nada, Josefina le dio la espalda. Tenía una mirada desalmada y corrompida por el odio. Estaba harta de Benjamín, lo odiaba a más no poder. Llevaba sus labios apretados hasta casi sangrar a fin de impedir un ataque de nervios por la pesadumbre. Se quedó callada, con los ojos firmemente cerrados. Benjamín, descansando muy a gusto junto a ella, en cuestión de minutos empezó a emitir suspiros profundos a un ritmo estable.
Por más hecha polvo que se sintiera Josefina, era incapaz de conciliar el sueño. Una vez asegurada de que el tipo estaba profundamente dormido, y lidiando con el ardor punzante entre las piernas, se dirigió despacito a su despacho; sacó un frasco del primer cajón. Tenía las pastillas anticonceptivas en sus manos. De alguna forma ya sabía la actitud errática de su expareja. Era un tipo difícil de descifrar, peor que un barril de pólvora; mucho más ahora que demostró un enorme deseo por ser padre. Debió haber sido en aquel momento en el que revirtió su cirugía. Por ningún motivo tendría un hijo de su marido.
Inmediatamente se tragó las píldoras con unos buenos sorbos de agua fría; al sentir el escalofrío que le recorrió el pecho, dejó salir un largo suspiro y se desplomó en la sala. La noche de pronto pasó a verse aún más profunda e inquietante. Agachándose mientras sentía un nudo en la garganta provocado por aquel infame martirio, sentía la falta de aire en cada inhalación.
***
A primera hora de la mañana, Josefina no tardó en conseguir los datos de unos agentes inmobiliarios, pues estaba resuelta a vender sus pertenencias. Ocupaba de urgencia alquilar otro departamento y marcharse lejos. Cuando menos se mudaría a un distrito donde no dejarían pasar a las moscas por los pasillos a menos que se hayan registrado. Claro está que las residencias pertenecientes al Grupo Gutiérrez quedaron descartadas de primera mano por ella. Después de rebuscar entre un puñado de prospectos se topó con el indicado.
Y por coincidencias de la vida, supo que Manuel tenía un departamento precisamente ahí. Ya que era una área operada directamente por la inmobiliaria de Grupo Fuentes. Tan pronto cruzó las puertas del lugar, para observar las cualidades de la zona, Manuel apareció ante ella.
—Josefina... Qué milagro encontrarte por estos rumbos —señaló el joven después de acercarse; a primera vista estaba aturdido con la presencia de su amiga.
Aún conservando el semblante desencajado ante él, le replicó:
—Estaba revisando la zona para rentar un apartamento.

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