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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 218

Josefina ardía de coraje. Le dio una fuerte mordida en el labio, e inmediatamente, el sabor metálico de la sangre se esparció por la boca de ambos. Era un sabor bastante desagradable. Benjamín detuvo el beso por inercia. Con una respiración agitada y pesada que rozaba los labios de la chica, mantuvo su nariz rozando la de ella. El pecho de Josefina subía y bajaba bruscamente, mirándolo fijamente con los ojos enrojecidos.

—¿Que estás enojado? ¿Y se puede saber por qué?

La frialdad en su mirada era cortante y estaba cargada de puro sarcasmo. Benjamín tragó saliva con dificultad y habló con un tono sombrío:

—Te sigues viendo con Manuel. No me haces caso.

Una risa irónica brotó de la garganta de Josefina y el enrojecimiento de sus ojos se intensificó.

—¡Por favor, Benjamín! Tú jamás te has preocupado por lo que yo siento. ¿Por qué diablos me tendría que importar cómo te sientes tú?

Su respiración era cada vez más rápida. La rabia ardía en su interior, pero al tener las manos inmovilizadas, se encontraba completamente a su merced. Eran marido y mujer, pero la balanza entre los dos siempre había estado rota.

—Todo este tiempo has tratado de maravilla a Magdalena y a Alberto. Cuando me hiciste de menos por darle prioridad a esa mujer y a su hijo, ¿alguna vez pensaste en mis sentimientos? Te repetí hasta el cansancio que detestaba que te reunieras con ellos. ¿Y a ti qué te importó? ¡Hiciste exactamente lo que quisiste!

Josefina volvió a sacudirse en un intento de liberarse. No se detuvo a pesar de que las muñecas ya le dolían.

—¡Benjamín, mis sentimientos te valen madre! Dime, ¡¿qué diablos significo para ti?!

Aquella última pregunta salió como un desgarrador grito. Tenía la voz quebrada por el coraje y a punto de romper a llorar. Sin embargo, esta vez se armó de valor y no dejó caer ni una sola lágrima. Tal vez porque el dolor ya no la consumía, dado que el amor que le profesaba estaba llegando a su fin. En el pasado, cada vez que se enteraba de que Benjamín y Magdalena estaban metidos en algún asunto, sentía que se ahogaba de la angustia, como si le arrancaran un pedazo del alma. Pero ahora, solo le quedaba un leve nudo en la garganta.

Creía que dejar de amarlo iba a ser un infierno. Y jamás se imaginó que, a la hora de la verdad, sería tan fácil. En sus ojos no quedaba ni el rastro de la calidez de antaño. Solo le devolvió una mirada indiferente y burlesca. La frustración de Benjamín explotó. Liberó las manos de ella, pero no retrocedió ni un centímetro, manteniéndola acorralada contra el frío azulejo. El cuerpo de Josefina se encogió ante la fuerza de su tacto.

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