—Quiero pedirte una disculpa por lo del otro día; la verdad, me dio pena que pasaras por ese susto —dijo Manuel, con un ligero aire de culpa en el rostro.
—La verdad sí me asusté —admitió Josefina—. ¿Pero qué clase de personas eran esas? ¿Ya se arregló todo el asunto?
—Sí —afirmó Manuel—. Ya está todo prácticamente solucionado. Ya puedes andar conmigo sin miedo a que nos embosquen.
Su tono, a medio camino entre broma y seriedad, desvió la conversación con mucha naturalidad.
—Cuando entré y te vi sentada, pensé que estabas esperando a alguien. No me imaginé que vinieras a cenar sola —comentó Manuel con cierta curiosidad—. ¿Todo en orden? ¿Te puedo ayudar en algo?
Josefina se lo pensó un instante y negó con la cabeza.
—No, todo bien. Si se me ofrece algo, te echo una llamada.
—Bueno, hasta la fecha no lo has hecho. —Manuel sacó su celular de la bolsa—. ¿Me pasas tu número de una vez para guardarlo?
Josefina se sorprendió un poco, pero considerando que tenían una buena relación de amistad y que, tal vez en el futuro sí llegara a necesitarlo, entendió el punto. Era mejor que tuviera su número guardado para que no pensara que era un extraño. Asintió, buscó el número en sus contactos y le marcó para que quedara registrado.
El celular de Manuel sonó un par de veces. Él checó la pantalla y guardó el contacto, mientras sus labios se curvaban en una sonrisa de satisfacción.
—Así me gusta. Ahora sí parecemos amigos de verdad.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Josefina, intrigada.
—No sé... Antes como que sentía que todavía había cierta barrera entre nosotros. Ahorita ya se siente una vibra mucho más relajada —confesó Manuel con toda honestidad.
Josefina le dio la razón con un movimiento de cabeza.
—¿Quieres pedir algo más del menú?
—No, con lo que hay está perfecto.
La comida del restaurante realmente era excelente. Manuel no escatimó en cumplidos y aseguró que definitivamente volvería.
Al salir del establecimiento, ya había caído la noche por completo. Mientras esperaban en la banqueta, Manuel se ofreció de nueva cuenta:

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