—Entonces vamos a mi oficina.
Benjamín se puso de pie y la tomó de la mano sin darle opción a réplica.
—¡No quiero! —exclamó Josefina, zafándose bruscamente—. Tengo trabajo que hacer. Mi espalda ya está bien, ¿quieres hacer el favor de dejarme en paz?
Sin embargo, la atención de Benjamín se centró en la muñeca de la chica. Su blanca piel estaba al descubierto; la fina pulsera de diamantes morados había desaparecido.
Él la miró con severidad y soltó con voz profunda:
—¿Dónde está la pulsera?
Josefina dudó por una fracción de segundo antes de contestar:
—Me estorbaba, así que no me la puse.
En realidad, él era el que le estorbaba en la vida. Y todo lo que viniera de él, también.
Una fuerte sacudida de irritación recorrió el pecho de Benjamín; su mirada adquirió un matiz sombrío.
Josefina revisó su reloj.
—Tengo cosas que hacer. Como director general de Grupo Gutiérrez, ¿no deberías estar ocupado?
Benjamín la miró con hielo en los ojos.
—Voy a averiguar en dónde está. Y si descubro qué hiciste con ella, Jose, te juro que la voy a convertir en unas esposas. Te voy a encerrar en la casa y no te dejaré salir a ningún lado.
Josefina parpadeó varias veces, claramente alterada.
—¡Si estás tan mal de la cabeza, búscate un psiquiatra!
Salió disparada de la sala de juntas, sacó su celular y le marcó a Silvia.
—¡Bueno! ¿Qué onda, Jose? —contestó Silvia, que se escuchaba eufórica. ¡Ya había conseguido un comprador que ofrecía treinta y tres millones por la joya!
Josefina tuvo que darle la mala noticia con resignación:
—No podemos venderla.
—¿Qué? —Silvia se quedó en blanco—. ¿Por qué?
—Ese patán ya se volvió loco —le explicó Josefina—. Ninguna de las dos quiere meterse en ese tipo de broncas.
Silvia sintió que el alma se le caía a los pies al darse cuenta de que esos millones se habían esfumado, pero la seguridad de su amiga estaba primero.

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