Una vena palpitó en la frente de Benjamín. Al ver el rechazo total que irradiaba el cuerpo de ella, su tono de voz se volvió aún más lúgubre:
—¿Me estás echando?
Ella asintió.
—Así es. Vete con ellos. Ándale, lárgate ya.
Pero Benjamín dio un paso hacia ella, clavándole una mirada intensa y sombría.
—¿Pretendes hacerme a un lado como si nada, igual que antes? ¡Josefina, ¿cómo te atreves?!
Dicho esto, la cargó en brazos de repente y se dirigió a la recámara.
—¡Suéltame! —gritó ella, aterrada.
Sin embargo, no tardó en ser arrojada sobre la cama. La gran corpulencia de él la inmovilizó por completo, impidiéndole hacer el menor movimiento.
Los ojos de ella se enrojecieron de pura impotencia.
—¡Benjamín, ya ni siquiera te estoy deteniendo! ¡¿Qué más quieres de mí?!
Antes, cuando le reclamaba por ir a ver a Magdalena y al niño, él la acusaba de ser una berrinchuda. Y ahora que le daba por su lado, él se enojaba. ¡¿Quién lo entendía?!
La mirada de Benjamín se ensombreció aún más, provocado por la frialdad y el fastidio que veía en sus ojos, y con una mano tiró de la ropa de ella, intentando desvestirla.
Josefina abrió los ojos de par en par, llena de pánico.
—¡No! ¡Suéltame, no quiero! ¡Benjamín, no me puedes obligar!
Como ella forcejeaba con demasiada fuerza, él simplemente le dio la vuelta y la dejó boca abajo sobre el colchón. De esta forma, ella ya no pudo oponer resistencia.
Su blusa se desgarró, dejando su piel al descubierto en contacto con el aire. Ella se encogió de miedo y se aferró a las sábanas con todas sus fuerzas.
No obstante, el arrebato de ira que esperaba a sus espaldas nunca llegó; de pronto, todo pareció detenerse.
Un momento después, sintió que unos dedos le acariciaban con delicadeza los bordes de la herida en la espalda. Esa sensación, sumada a la comezón de la misma lastimadura, hizo que un estremecimiento le recorriera todo el cuerpo.
Entonces, la voz de Benjamín resonó en la habitación, con un tono ligeramente ronco:

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