Al ver esto, Josefina frunció el ceño.
El chofer preguntó:
—¿Adónde la llevo?
Josefina guardó silencio por un momento y le dio el nombre de su zona residencial.
El chofer la miró por el espejo y luego observó a Benjamín, que iba en el asiento del copiloto.
—¿Pelea de enamorados? —preguntó.
Josefina volteó la cara hacia la ventana, sin molestarse en responder.
Fue Benjamín quien contestó:
—Estoy intentando contentarla.
El chofer se echó a reír de inmediato.
—Joven, para contentar a su mujer tiene que echarle ganas, con la actitud correcta.
Benjamín lo miró.
—¿Cómo se hace eso?
El hombre se rio con más ganas.
—¿Están recién casados? ¿A poco necesita que le enseñen? No es nada del otro mundo. ¿Sabe cocinar? Prepárele su comida favorita, pídale perdón arrastrándose y no le discuta nada. Cero reclamos, usted nada más asuma la culpa y ya.
Benjamín lo escuchaba con una seriedad absoluta.
Josefina cerró los ojos con pesadez.
¿Pedir perdón arrastrándose?
«Ni en sus mejores sueños».
¡Si él se llegara a humillar así, dejaría de ser Benjamín!
Podía parecer muy accesible, pero en el fondo era sumamente orgulloso. Además, tenía un carácter bastante terco; cuando se le metía una idea en la cabeza, no había poder humano que lo hiciera cambiar de opinión. Por lo tanto, jamás admitiría que se había equivocado.
Josefina se tomó todo aquello como un mal chiste.
Al llegar a la entrada de la zona residencial, ella se bajó del carro sin mirar atrás.
Al ver esto, el chofer sonrió.
—Uy, parece que sí la hizo enojar en serio. Ni lo voltea a ver, le va a tener que echar muchas ganas.
—Sí, eso haré —respondió Benjamín, sacando su celular para hacerle una transferencia.
¡Diez mil pesos!
El chofer se quedó pasmado al ver la notificación.

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