—¡Jimena!
Andrés saltó de la silla asustado y corrió hacia ella.
La mano de Jimena rozó los dedos de Josefina antes de caer inerte.
Josefina sintió un vuelco en el corazón. Se agachó por inercia para sostenerla.
—Mamá...
Le temblaba la voz.
Andrés pegó un grito:
—¡Llamen a una ambulancia!
En medio del caos, se llevaron a Jimena al hospital.
En la sala de urgencias.
Andrés estaba encorvado, y las arrugas de sus ojos parecían haberse marcado todavía más.
Miró a Josefina y, soltando un suspiro, dijo:
—¿Ya estás contenta de haberle provocado esto a tu madre con tus corajes?
Josefina apretó los labios. Su rostro estaba frío como el hielo.
Benjamín intervino:
—Ustedes no quisieron ceder ni un milímetro, se la pasaron arrinconándola. Ella solo se defendió para protegerse. ¿Ahora resulta que es su culpa?
Andrés lo miró con el ceño fruncido.
—Benjamín, apenas me voy dando cuenta de lo hipócrita que eres.
Se volvió hacia Josefina.
—Jose, si te quieres divorciar, no me voy a oponer. Este hombre no tiene escrúpulos, es un falso y un egoísta. Estar con él solo te va a traer más dolor.
Benjamín entrecerró los ojos con una expresión peligrosa y le advirtió con frialdad:
—Le sugiero que cuide sus palabras en este momento.
Era una clara amenaza.
Grupo León estaba al borde del abismo.
Ir a la quiebra o no dependía por completo del capricho de Benjamín.
Si terminaba por hartarlo, no tendría piedad de nada.
Andrés estaba furioso, pero sabía que no era el momento para ponerse al brinco.
Josefina, por su parte, tenía la vista clavada en la puerta de urgencias, hecha un manojo de nervios.
La espera se hizo eterna. Conforme pasaban los minutos, la ansiedad se multiplicaba.
Al fin, la puerta de urgencias se abrió.

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