Josefina apretó su teléfono hasta que los nudillos le dolieron.
—¡Dieciocho millones!
Gritó el presentador, justo en el instante en que la llamada se cortaba.
Con los ojos llenos de lágrimas de frustración, Josefina levantó su número una vez más.
Pero en el fondo ya conocía el trágico desenlace.
Magdalena deseaba el artículo.
Y para Benjamín, desembolsar veinte millones de pesos era como quitarle un pelo a un gato; cumpliría el capricho de su amante sin dudarlo.
¿Y ella?
Josefina cerró los ojos, derrotada por completo.
En cuanto la oferta alcanzó su límite de veinte millones, sus dedos perdieron la fuerza y la paleta cayó de su mano, estrellándose contra el suelo.
Le había fallado a su abuela.
Recordaba a la anciana perdiéndose en sus memorias, observando con nostalgia la vieja fotografía donde lucía esas joyas mientras extrañaba profundamente a su abuelo y aquellos años felices que compartieron.
Y ella, inútil como siempre, no había sido capaz de lograr ni siquiera ese pequeño gesto por su abuela.
Silvia pasó un brazo por encima de los hombros de su amiga, mirándola con el corazón destrozado.
—Jose, no llores, por favor, no te pongas así. Vamos allá y se los quitamos. ¿Con qué derecho usa el dinero de ustedes dos para andarle comprando regalos a su amante? Esa mujer es una descarada; no tienes por qué mostrarle nada de respeto.
Una chispa de fuego renovado se encendió en los ojos de Josefina.
—Tienes toda la razón.
Se levantó de golpe y marchó a paso firme en dirección a la zona privada de recolección de los lotes.
Silvia fue tras ella, animándola sin cesar durante todo el trayecto.
En el vestíbulo privado, el personal del evento ya le estaba haciendo entrega de los aretes a Magdalena. Benjamín se encontraba a unos metros de distancia, enfrascado en una llamada telefónica.
Con una sonrisa de oreja a oreja y aferrando la caja de terciopelo, la mujer se acercó a él.
—Benjamín, de verdad, muchísimas gracias por ayudarme a cumplir este sueño.
Benjamín le lanzó una mirada desinteresada y se limitó a decir:
—Con esto estamos a mano.
La expresión de Magdalena se congeló por una fracción de segundo, aunque rápidamente recobró su postura.

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