El rostro de Josefina se tensó. Apretó la paleta con todas sus fuerzas.
Ese repentino salto a los diez millones le hizo pensar automáticamente en Benjamín.
Aquellos aretes de zafiro no eran una antigüedad de alto valor ni poseían una historia legendaria que justificara tal cifra.
Cualquier precio por encima de los ocho millones se consideraba un despilfarro.
Precisamente por eso, cuando las pujas llegaron a los seis millones, todos los demás participantes se retiraron, prefiriendo guardar sus recursos para las verdaderas piezas de colección que se presentarían más tarde.
Por lo tanto, ese postor sorpresivo no podía ser otro que su marido.
Josefina apretó la mandíbula mientras la furia se desataba en su mirada.
—¡Diez millones a la una! —seguía anunciando el presentador.
Josefina alzó la paleta con decisión.
—¡Diez millones quinientos mil!
Mientras tanto. En el otro lado de la sala.
Magdalena, quien ya daba la joya por ganada, se llevó una sorpresa al notar que aún quedaba competencia.
Volteó rápidamente hacia Benjamín, aterrada de que él se negara a seguir elevando el precio.
—Benjamín —susurró la mujer con delicadeza—, si el precio se dispara mucho más, déjalo pasar. Gastar una fortuna en unos aretes no tiene ningún sentido.
Era una maniobra astuta para manipularlo haciéndose la comprensiva.
Bajo la tenue iluminación de la sala, era imposible descifrar la expresión en el rostro de Benjamín. Se limitó a alzar su paleta una vez más.
—¡Once millones!
Un murmullo de incredulidad inundó el recinto.
¡Esos aretes no tenían absolutamente nada de especial!
¿A quién se le ocurría despilfarrar semejante cantidad de dinero?
Los presentes giraban la cabeza de un lado a otro, ansiosos por descubrir si la otra persona se atrevería a contraatacar.
El corazón de Magdalena dio un brinco de alegría, pero fingió preocupación y le dijo:
—Benjamín, esto es excesivo. Ya déjalo así.
—¿Acaso mi vida no vale diez millones? —respondió Benjamín, con un tono frío y desapegado.
Ese comentario la dejó sin palabras por un segundo, así que optó por callar y dejar que las cosas siguieran su curso.

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