Y sin pensarlo dos veces, le pidió el número de vuelo, diciendo que iría a despedirla.
—Doctora, ¿cuánto tiempo estarás fuera?—.
—Una semana, más o menos—.
Respondió Leonor con calma, mientras su mirada recorría la pantalla de información del vestíbulo del aeropuerto para confirmar los datos de su vuelo.
Debido al desagradable encuentro de la mañana en el sanatorio con Ethan Ramos, el humor de Leonor seguía un poco decaído.
No era tristeza.
Sino más bien decepción.
¿Una semana?
Era bastante tiempo.
Jessica hizo un puchero: —¡Pues cuando vuelvas, quedamos para ir de compras! ¡He descubierto una pastelería deliciosa!—.
Había planeado llevar a su tía y a su madre a la clínica de Leonor para que las tratara en el futuro, pero ahora parecía que ese plan tendría que esperar.
Leonor la miró con resignación y, justo cuando iba a decir algo, de repente.
—¡Ahhh! ¡José Sandoval!—.
Un grito ensordecedor estalló a lo lejos, seguido de una multitud de fans con pancartas y carteles que se abalanzaron sobre la salida del canal VIP, bloqueándola por completo en un instante.
Leonor frunció el ceño y se apartó instintivamente.
Jessica se puso de puntillas para mirar: —¡Vaya, es José Sandoval! ¡El actor del momento!—.
Al oír ese nombre, la mirada de Leonor se volvió gélida al instante.
José.
Su tercer hermano.
Y el que más abiertamente mostraba su desprecio por ella en la familia Sandoval.
Leonor observó a José, rodeado de fans, y una sonrisa sarcástica se dibujó en sus labios.
Jessica notó el cambio en su estado de ánimo y preguntó con cautela: —Doctora, ¿lo conoces?—.
—Pero, por desgracia, cuando volví, nadie me quería—.
—Me consideraban vulgar, impresentable, nada comparado con Tania, que había sido criada con todos los lujos—.
—El día de mi decimoctavo cumpleaños, Tania empujó a Luna por las escaleras. Luna fue llevada de urgencia al hospital—.
—Ellos manipularon las cámaras de seguridad para que yo cargara con la culpa en lugar de Tania—.
—Y José Sandoval… fue el primero en obligarme a confesar—.
En unas pocas frases, Leonor resumió todo el sufrimiento que había soportado durante años.
Jessica, al escucharla, sintió que los ojos se le enrojecían de rabia: —¿Cómo pudieron hacerte eso?—.
Con razón, el otro día, esa chica que se hacía pasar por la hermana de Leonor y su lacaya la calumniaron con tanta facilidad.
Quizás, en situaciones que ella desconocía, la doctora había sufrido innumerables abusos por parte de ellas.
En contraste con la agitación de Jessica, Leonor sonrió, sus emociones eran planas, como si fuera una mera espectadora.
—No importa. Por suerte, en la cárcel conocí a mi maestra y aprendí un oficio. Mientras no vuelvan a molestarme, no les haré nada—.

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