Detrás de ella, se escucharon los gritos y llantos histéricos de la Sra. Ramos: —¡No vuelvas a acercarte a mi hija nunca más! ¡O te juro que te mato!
¡PUM!
La puerta de la habitación se cerró de un portazo.
Se oían los gritos de la Sra. Ramos y la tímida pregunta de Luna: —Mamá... ¿quién era ella?
—¡Una loca! ¡No le hagas caso!
—Ah... Pero sentí... que me transmitía algo familiar...
...
Al salir del sanatorio, Leonor se detuvo en los escalones y miró el cielo gris.
Se preguntaba qué habría descubierto Luna para que Tania llegara a hacerle algo tan terrible.
Recordaba claramente que, antes del accidente, Luna le había dicho con aire de misterio: —¡Leonor! ¡Descubrí un gran secreto de Tania! ¡Cuando tenga pruebas, la voy a desenmascarar!
En ese momento, Leonor no le dio mucha importancia.
Para ella, Tania era solo una falsa heredera a la que le gustaba hacerse la víctima y jugar sucio, creando problemas con los esposos Sandoval para hacerle la vida más difícil en casa.
Por eso, solo le había alborotado el pelo y le había dicho con una sonrisa: —No te preocupes por ella, solo ten cuidado de que no te engañe.
Jamás imaginó que Tania sería capaz de hacerle daño a Luna.
Cuando regresó después de buscar algo, Luna ya se había caído por las escaleras.
Había sangre por todas partes y, en medio del caos, la familia Ramos no supo quién la había empujado.
La familia Sandoval borró deliberadamente las grabaciones de seguridad de ese día.
Y la culparon a Leonor para encubrir a Tania.
Al final, fue sentenciada a cuatro años por lesiones graves...
La mansión de los Muñoz estaba brillantemente iluminada. Una larga alfombra roja se extendía por el jardín y los camareros circulaban entre los invitados con copas de champán.
Leonor se detuvo en la entrada y se arregló el vestido.
Rara vez usaba vestidos, pero como era para celebrar la recuperación de la abuela Muñoz, por respeto, se había puesto un sencillo vestido color crema y un cárdigan de punto claro. El conjunto suavizaba su habitual aire frío y le daba una apariencia más delicada.
—¡Hijita!
Apenas entró, la abuela Muñoz la vio y se acercó con una gran sonrisa. La tomó de la mano y le dijo: —¡Por fin llegaste! ¡Tenía miedo de que no vinieras!
Leonor sonrió levemente. —Le prometí que vendría, no falto a mi palabra.
—¡Bien, qué bien! —La abuela Muñoz le dio unas palmaditas en la mano, satisfecha. La miró de arriba abajo y sus ojos brillaron—. ¡Qué bien te ves hoy! ¡Mucho mejor que esas otras chicas tan llamativas!
Sin darle opción, la llevó hacia la multitud. —¡Ven, ven, te voy a presentar a unos viejos amigos!
Durante la siguiente media hora, la anciana llevó a Leonor a conocer a casi todas las personas importantes del lugar.

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