Héctor observó la expresión de Leonor.
Parpadeó y le preguntó: —¿Doctora Sandoval, es un mensaje de acoso?
—Sí.
Leonor dejó el celular, con un tono de voz indiferente.
—Solo es una persona insignificante.
Héctor se llevó una mano al mentón, observando a Leonor con aire pensativo.
No pudo evitar preguntar: —Doctora Sandoval, usted es tan guapa y una médica tan brillante, seguro que tiene muchos pretendientes, ¿no?
El corazón chismoso de Héctor ardía en llamas.
Leonor le lanzó una mirada fría y no respondió a su pregunta.
—Cuando vengas aquí, no hagas preguntas que no te corresponden.
—Ya escribí tu receta, ve a la farmacia a que te la preparen.
Cuando Leonor se enojaba, su presencia era realmente imponente.
Héctor levantó las manos en señal de rendición, como si estuviera bromeando.
—Me callo.
Salió con la receta en la mano y el consultorio volvió a quedar en silencio.
Una vez que Héctor se fue, la Clínica Claridad recuperó su habitual tranquilidad.
Al mediodía, Leonor miró la hora y terminó su jornada laboral.
Llevaba las compras que acababa de hacer y estaba a punto de usar su tarjeta para entrar al complejo residencial.
De repente, escuchó un grito áspero detrás de ella.
—¡Oye! ¡La mujer de adelante! ¡Detente!
Leonor no se detuvo, ni siquiera volteó la cabeza.
—¡Oye tú!
—¡Te estoy hablando a ti! ¿No me oyes? ¡Estás sorda!
¡Chirrido!
De repente, un Mercedes negro frenó bruscamente frente a Leonor.
La puerta se abrió y un hombre gordo y de cara ancha salió del auto. El traje le quedaba apretado sobre la panza de cervecero y la corbata colgaba torcida.

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