Tres días después, en plena noche.
Leonor estaba sentada en su escritorio, la luz fría de la pantalla del ordenador iluminando su rostro sereno.
Inició sesión en su cuenta de la red oscura, que no había usado en mucho tiempo.
Entre los asuntos del señor Morales y de Lucas, había estado tan ocupada que no había tenido tiempo de revisar sus mensajes.
Pero, para su sorpresa, al iniciar sesión, un mensaje no leído llamó su atención.
«Conozco la información sobre el medallón que publicaste».
«Esto es una coordenada».
«Si quieres saber más, ven en persona a la cita dentro de un mes».
«No intentes engañarme, sé quién eres».
«Dentro de un mes, te contactaré de nuevo».
Leonor se quedó mirando el mensaje durante un buen rato.
Tamborileó sus dedos sobre el escritorio.
El medallón que la abuela Vargas le había entregado antes de morir siempre había sido un misterio.
Anteriormente, en la publicación que había hecho, no había encontrado ninguna información relevante sobre el medallón.
Este era el primer mensaje que lo mencionaba.
Leonor se quedó mirando los mensajes, pensativa, durante un largo rato.
Finalmente, respondió: «De acuerdo».
Apagó el ordenador y se acercó a la ventana.
Las luces de la ciudad brillaban en la noche, y Leonor se quedó mirando las luces, perdida en sus pensamientos.
…
A la mañana siguiente.
Clínica Claridad.
Leonor abrió la puerta del consultorio y vio a Héctor ya sentado dentro, mirando su teléfono.
Era la hora de la revisión de Héctor, y ella había venido a la Clínica Claridad esa mañana precisamente para atenderlo.
La luz del sol se filtraba por la ventana de madera tallada e incidía sobre Héctor, haciendo que su pelo castaño claro brillara con un tono dorado.
Al oír el ruido, Héctor levantó la cabeza y, al ver a Leonor, sonrió de oreja a oreja.
—Doctora Sandoval, no he llegado tarde, ¿verdad?
—No.

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