La negativa de Fernando Soler fue muy clara.
Jaime se quedó como si le hubiera caído un rayo, su rostro palideció al instante.
—Doctor Soler, yo…
Abrió la boca, intentando defenderse, pero Fernando Soler ya había presionado sin contemplaciones el intercomunicador de su escritorio.
—Por favor, entra y acompaña a este señor a la salida.
Apenas terminó de hablar Fernando Soler.
La puerta se abrió y el intermediario entró con cautela, con una sonrisa incómoda en el rostro.
—Doctor Sandoval, ¿qué tal si… salimos primero?
El intermediario ya no tenía la buena impresión inicial de Jaime.
Otros, aunque no pasaran la entrevista, se iban con humildad y calma.
Jaime era el primero en lograr enfurecer a Fernando Soler y crear una escena tan desagradable en tan poco tiempo.
Parecía que Jaime no era tan brillante y capaz como decía García.
Además, viendo la expresión de Fernando Soler, era probable que después le tocara a él recibir una reprimenda.
El intermediario ya se estaba arrepintiendo. ¿Por qué aceptó hacerle este favor ingrato a García?
Jaime se quedó de pie, apretando con fuerza el borde de su traje, los nudillos blancos.
No hizo ningún movimiento para irse.
Miró fijamente a Leonor, con una mezcla de ira, resentimiento y una pizca de… incredulidad casi imperceptible.
No lo creía.
¡No podía creer que hubiera perdido contra Leonor!
¡Él era el niño prodigio de la familia Sandoval, el médico tratante más joven del Hospital Central de la Capital!
¿Y Leonor?
Una chica de pueblo que había ido a la cárcel justo después de terminar la preparatoria. ¿Con qué derecho estaba allí, mirándolo con esa superioridad?
—¡Leonor, no te creas tanto!
Sus palabras salieron entre dientes, afiladas como cuchillas. —¿Crees que por arrimarte a Don Soler ya lo tienes todo resuelto?


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