Leonor no levantó la vista:
—Cuatro años.
El anciano se sorprendió:
—¿Solo cuatro años?
Pensaba que una habilidad médica como la de Leonor requería, como mínimo, haber empezado desde la niñez.
No... un momento.
El anciano abrió los ojos de par en par.
—¿Solo estudiaste cuatro años y ya eres así de buena?
Leonor no respondió, simplemente dijo con calma:
—Relájese, no se mueva.
Dicho esto, la aguja de plata ya se había clavado con precisión en el punto de acupuntura.
El anciano solo sintió una corriente cálida que se extendía desde la punta de la aguja. Cuando Leonor terminó de colocar todas las agujas, sintió que la opresión que tenía en el pecho comenzaba a aliviarse gradualmente.
El anciano no pudo evitar exclamar con admiración:
—¡Increíble!
Esta jovencita era realmente como decía Patricio: aunque joven, tenía un talento excepcional.
Media hora después, Leonor retiró las agujas, escribió una receta y se la entregó a Patricio:
—Prepara esto según las indicaciones: hierve tres tazones de agua hasta que quede uno. Tómalo una vez por la mañana y otra por la noche.
Patricio la tomó rápidamente:
—¡Entendido, entendido!
El anciano movió los hombros, sintiéndose ligero y relajado, y miró a Leonor con una sonrisa:
—Jovencita, ¿de quién aprendiste estas habilidades médicas?
La mano de Leonor, que estaba guardando las agujas, se detuvo por un instante. Respondió con indiferencia:
—Tradición familiar.
El anciano notó que no quería hablar más del tema y no insistió. Ya se había encontrado antes con genios precoces como Leonor, y la mayoría no querían revelar sus orígenes.
Cuanto más la miraba, más le gustaba. La chica no era fea, era decidida, talentosa y tenía una edad similar a la de su nieto.
Después de pensarlo un poco, el anciano dio una palmada en el muslo, se acercó a Leonor y le preguntó con curiosidad:
—¡Por cierto! Tengo un nieto, más o menos de tu edad, es guapo y muy capaz. ¿Te gustaría conocerlo?
Leonor: ...
Leonor asintió con un «ajá». —No pasa nada.
El anciano lo había mencionado de pasada, y Leonor lo escuchó de la misma manera, sin darle mayor importancia.
Patricio dudó un momento y luego añadió:
—Por cierto, mi madre... Si le viene bien, ¿podría ir a verla de nuevo? No para de preguntar por usted.
Leonor lo pensó un momento y asintió:
—De acuerdo.
La habitación de la madre de Patricio estaba en otro piso. Apenas entró Leonor, la anciana se incorporó con alegría:
—¡Doctora Vargas, por fin ha venido!
Una leve sonrisa se dibujó en los labios de Leonor:
—Señora, ¿cómo se siente hoy?
—¡Mucho mejor! —la anciana le tomó la mano, sonriendo—. Todo gracias a usted, si no, esta vieja todavía estaría postrada en la cama sin poder moverse.
Leonor le tomó el pulso, confirmó que se estaba recuperando bien y ajustó la receta antes de dársela a Patricio.
La anciana le tomó la mano y le dijo con cariño:
—Doctora, esta vez, gracias a usted, estos viejos huesos podrán vivir unos años más. Cuando me den el alta en unos días, te invitaré a cenar, ¡tiene que venir!

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