Isabel no vio la mirada de Tania.
Estaba demasiado ocupada fulminando a Leonor con la mirada mientras ayudaba a Tania a salir, no sin antes gritar a todo pulmón:
—¡Leonor, no cantes victoria! Tania es buena y no se rebaja a tu nivel, ¡pero tus tácticas rastreras tarde o temprano te pasarán factura!
Leonor hizo oídos sordos a sus maldiciones.
Ya había pagado la totalidad, ahora solo necesitaba firmar el contrato y el apartamento sería completamente suyo.
El vendedor novato la guio respetuosamente a la sala de firmas.
Le entregó el contrato y le sirvió una taza de té tibio, con una actitud aún más entusiasta que antes.
—Señorita Sandoval, este es el contrato de compraventa. Revíselo, y si todo está en orden, solo tiene que firmar.
Leonor lo leyó rápidamente, confirmó que no había errores y firmó con decisión.
En ese momento, el jefe de ventas se acercó con una sonrisa zalamera.
Resulta que, mientras el novato guiaba a Leonor para firmar, él también se había metido descaradamente en la sala.
El jefe de ventas sonreía con servilismo:
—Señorita Sandoval, antes no supe ver quién era usted, discúlpeme. Usted es una persona de mundo, no se rebaje a mi nivel. Sobre la comisión de esta venta...
Para ese tipo de adulador clasista que pisotea a unos para alabar a otros...
Leonor ni siquiera levantó la cabeza para mirarlo, simplemente dijo con indiferencia:
—Ya lo dije, la comisión de esta venta es para él.
Señaló al vendedor novato.
El rostro del jefe de ventas se tensó, y estaba a punto de decir algo más.
Pero el novato lo interrumpió cortésmente:
—Jefe, la señorita Sandoval ya tomó una decisión, no insista.
¡Un novato que por pura suerte había cerrado un gran negocio y ya se daba aires frente a un veterano como él!
Al jefe de ventas le rechinaban los dientes de rabia, pero no se atrevió a explotar delante de Leonor, así que no le quedó más remedio que retirarse cabizbajo.
El vendedor novato suspiró aliviado y le sonrió agradecido a Leonor:
—Señorita Sandoval, muchas gracias.
El apartamento estaba en silencio, sin el bullicio de la casa de los Sandoval, sin la opresión de la cárcel, sin la estrechez del cuarto de alquiler.
Era un lugar que le pertenecía solo a ella.
Leonor cerró los ojos suavemente, respiró hondo, disfrutando de ese momento de paz. Cuando los abrió de nuevo, su mirada era clara y serena.
Justo en ese momento, sonó su teléfono.
Era Patricio Muñoz.
Leonor contestó. La voz de Patricio sonaba respetuosa:
—Señorita Sandoval, disculpe la molestia, pero quisiera pedirle un favor.
—¿Qué favor?
—Tengo un viejo amigo que no se encuentra bien de salud y me gustaría que lo visitara. Sus honorarios serían de 5 millones.
Leonor arqueó una ceja:
—¿Qué enfermedad tiene?

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