Al escuchar esas palabras, Maddox soltó una risa fría:
—Amanda, siempre lo has consentido, lo has mimado. Cada vez que alguien trataba de disciplinarlo, tú los detuviste. La familia Treno no puede encubrirlo esta vez: realmente la ha embarrado.
—¿En qué tipo de problema pudo haberse metido? —no pudo evitar replicar la madre de Trev—. No es un mal chico, solo un poco demasiado juguetón.
¿Y qué si le gustaban las mujeres? Solo había que pagarles y terminar con el asunto.
—Mira, ¿por qué no escuchas primero a Maddox? —intervino el padre de Maddox, conociendo lo suficiente a su hijo para darse cuenta de que esto no era algo menor.
Frunció el ceño:
—¿Qué pasó exactamente?
—Padre, probablemente ya habrás escuchado que hubo un incidente en mi fiesta de cumpleaños hoy, ¿verdad?
Todos asintieron ligeramente.
—Alguien casi fue agredida. Investigué y fue Trev.
Ante eso, la madre de Trev gritó:
—¿Eso es todo? ¿De eso se trata? Tú mismo lo dijiste: casi. ¡No pasó nada en realidad! Y aunque hubiera pasado, podemos arreglarlo, ¿no?
—¡Cierra la boca! —Talhand, que había estado en silencio hasta ahora, finalmente habló.
Sabía que los invitados a la fiesta de su nieto eran todos de familias influyentes. Ni uno solo de ellos era ordinario.
—¿De qué familia era ella? —preguntó Talhand.
—Era Sierra, la mujer de Johnathan —respondió Maddox.
Un silencio sepulcral invadió la habitación. ¿Cómo? ¿La esposa de Johnathan?
Todos recordaban vívidamente la manera en que Johnathan había aniquilado a la familia Zach apenas unas semanas atrás. También su confrontación directa y devastadora contra la familia Goodman. Talhand había interrogado específicamente a su nieto mayor sobre aquellos incidentes y descubrió que Sierra había sido el motivo detrás de ambos conflictos.
Solo con esa información, comprendió la importancia crucial que Sierra tenía para Johnathan. ¿Y ahora alguien de la segunda rama había cometido la estupidez de ultrajarla?
Talhand perdió completamente los estribos. Empuñó su bastón y descargó golpe tras golpe sobre Trev. La paliza fue tan feroz que el joven ni siquiera conservaba fuerzas para implorar clemencia. Únicamente los miembros de la segunda rama lloraron por él, mientras Maddox permanecía apartado, observando con absoluta indiferencia.
Si matar a golpes a ese imbécil pudiera resolver la situación, ya lo habría hecho sin vacilar. Pero conocía demasiado bien el temperamento de Johnathan. Esto no era algo que se solucionaría con facilidad.
Con esa realidad en mente, Maddox finalmente intervino para detener a Talhand:
—Abuelo, entregáselo directamente a Johnathan.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera Perdida: Nunca Perdona
Problemas para desbloquear capitulos...