—¿Podemos comer ya? Me muero de hambre.
Sierra no creyó la excusa de Jonathan. Su intuición le decía que lo que contenía esa libreta tenía algo que ver con ella.
—Jonathan, ¿qué hay ahí dentro?
Jonathan apretó los labios y permaneció en silencio. Sierra intentó alcanzar la libreta, pero él esquivó su mano.
—Dámela.
Ahora estaba enojándose, pero Jonathan seguía sin ceder, y la tensión entre ambos se intensificaba. Él intentaba mantener la compostura, esperando que ella desistiera, pero Sierra no estaba dispuesta a rendirse.
—Jonathan, dámela —su voz sonaba tranquila, pero esta vez, el rostro de Jonathan se ensombreció.
Mateo, percibiendo que la situación estaba a punto de escalar, intervino rápidamente.
—Señora, realmente no es nada especial...
No pudo terminar su frase. La fría mirada de Sierra lo silenció de inmediato.
—Jonathan, tengo derecho a saber lo que me concierne —sostuvo su mirada, inflexible.
Jonathan la observó durante un largo momento antes de finalmente entregarle la libreta. Sierra la abrió. Las primeras dos páginas no significaban nada para ella, pero en cuanto llegó al contenido principal, sus pupilas se contrajeron. Luego, se obligó a mantener la calma.
Era un diario de observaciones. Y ella era el sujeto. Shane había documentado todo lo que le había ocurrido en prisión durante los últimos tres años, escrito de manera impersonal y clínica. Apenas había leído una página cuando Jonathan repentinamente le cubrió los ojos.
—Es suficiente.
Le quitó la libreta de las manos y la envolvió con sus brazos.
—Solo no quería que revivieras esas cosas. Déjame encargarme de esto, ¿sí?

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