Si tal medicamento realmente existiera, la familia Richardson ya lo habría lanzado al mercado. Como no lo habían hecho, eso solo podía significar una cosa: no era legal.
Al ver que Sierra se calmaba un poco, Jonathan continuó:
—Tal vez el medicamento tiene efectos secundarios o causa dependencia. O quizás... no están usando medicamentos en absoluto.
«¿No era un medicamento? Entonces, ¿qué era?» Sierra instintivamente volteó a mirar a Jonathan.
Él dejó escapar un suspiro silencioso. Su Sierra seguía siendo demasiado ingenua. Tomando su mano por un momento, finalmente dijo:
—Muchas personas poderosas pueden hacer lo que quieran, incluso comprar vidas.
Sierra sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo. ¿Era eso lo que significaba? Para salvar a su abuela, una persona inocente tendría que morir en su lugar.
Jonathan había previsto esta reacción. La atrajo hacia sus brazos. Su calidez derritió lentamente el frío temor que la atenazaba. Después de un largo silencio, Sierra finalmente habló:
—Jonathan, en dos días, vamos a la playa. Ya se lo dije a la abuela.
—De acuerdo. Todo está listo.
Maddox resultó ser dueño de una isla privada—aislada, sin nadie que los molestara. Jonathan incluso había organizado que un equipo médico estuviera de guardia, asegurándose de que nada inesperado le sucediera a la abuela de Sierra.
Esa noche, Sierra se quedó en casa de Jonathan. Se durmieron abrazados, pero él se comportó inusualmente comedido—apenas tocándola. Sabía que su corazón estaba afligido esa noche.
Aun así, era una tortura para él. Desde que habían comenzado su relación, aparte de algunos besos y abrazos, nada había sucedido entre ellos. No porque él no lo deseara, sino porque cada vez que intentaba avanzar, Sierra lo miraba con ojos grandes y temerosos y murmuraba que solo necesitaba tiempo para adaptarse.
¿Adaptarse a qué? Él tenía una idea bastante clara. A veces, tener demasiado que ofrecer no era necesariamente una ventaja. Sierra aún no había visto el panorama completo, pero probablemente lo había intuido, y eso bastaba para ponerla en guardia.
Jonathan exhaló lentamente, intentando distraer su mente para calmarse. Pero justo entonces, Sierra se acurrucó más cerca, apoyando la cabeza en su pecho. Qué dulce tormento.
Jonathan se sintió rendido ante ella, pero ¿qué podía hacer? Ella le pertenecía. Solo podía consentirla. Atrayéndola más hacia sí, dejó que el calor de su cuerpo alejara el frío persistente que la envolvía.

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