Entrar Via

La Heredera del Poder romance Capítulo 2871

—¿Qué pasa? —preguntó don Albarracín.

Mariana continuó, con voz suave pero decidida:

—Abuelo, yo recuerdo que tú le hiciste un favor muy grande a Vicente.

—¿Y tú qué quieres? —insistió don Albarracín, mirándola con atención.

Mariana tomó las manos de su abuelo con fuerza y le confesó:

—Abuelo, sabes cuánto amo a Vicente, ¿verdad? En mi vida sólo quiero casarme con él. Si no puedo, prefiero quedarme sola para siempre. Tú le ayudaste cuando lo necesitó, y si tú le pides algo, él nunca te diría que no.

Pensó en la señorita Yolanda Muñoz. Ella también le había hecho un favor a Vicente, y por eso él nunca la había olvidado, aunque al final la vida no les dio la oportunidad.

Al escucharla, don Albarracín frunció el ceño y le preguntó:

—¿Sabes bien lo que estás diciendo?

—Sí, abuelo, lo sé. Estoy completamente segura —respondió Mariana, asintiendo con la cabeza—. Te lo ruego, ¡ayúdame!

Don Albarracín suspiró antes de decir:

—Ese favor que le hice a Vicente no es tan grande, y con los años él ya me lo ha pagado con creces. No se debe usar un favor para pedir algo a cambio, Mariana.

Aunque los años habían pasado, don Albarracín seguía siendo un hombre lúcido. Sabía bien lo que se podía y no se podía hacer en la vida.

—¡Por favor, abuelo! —los ojos de Mariana comenzaron a humedecerse—. Ya somos adultos, y yo lo amo de verdad. Por él haría cualquier cosa. Nadie en el mundo es mejor para él que yo. Solo te pido que le hables.

Pero don Albarracín negó con la cabeza. No encontraba el valor para pedir algo así, ni quería poner en juego su orgullo de esa manera.

—¡Abuelo! —Mariana cayó de rodillas frente a él.

—¡Mariana, levántate! —le ordenó él, visiblemente incómodo.

Pero ella no se movió.

—Si no me prometes que lo harás, no me levanto —dijo, terca.

Don Albarracín soltó otro suspiro largo. En la familia Albarracín nunca había habido alguien tan enamorado como Mariana. No sabía de quién habría heredado esa pasión.

—Abuelo, por favor, ayúdame —insistió Mariana, con la voz quebrada.

—¿Y si Vicente me dice que no? —preguntó don Albarracín.

—Eso no va a pasar —aseguró Mariana, convencida—. Vicente nunca podría negarse a ti.

—¿Tanta prisa tienes? —preguntó el abuelo, medio bromeando.

—Abuelo, de todas formas tienes que ir, así que mejor de una vez. ¿Qué tal si vas mañana mismo? —propuso Mariana, ilusionada.

Si no fuera porque ya era tarde y porque la tarde no era momento para tratar estos asuntos, ella hubiera querido que su abuelo fuera en ese mismo instante.

Don Albarracín asintió.

—Está bien, sí, mañana temprano voy.

Y así fue. Al día siguiente, cuando Mariana apenas se estaba levantando, se enteró que don Albarracín ya había salido de la casa.

Ella pensó en ir, pero sabía que no era apropiado que una mujer estuviera presente en una conversación así, así que se quedó esperando en casa.

Don Albarracín llegó hasta la casa donde vivía Vicente. El mayordomo lo recibió con mucho respeto y le dijo:

—Mi jefe viene enseguida, ¿gusta tomar asiento mientras tanto?

Don Albarracín sonrió amablemente.

—No hay prisa, puedo esperar lo que haga falta —respondió, acomodándose para la charla que, sabía, sería crucial.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera del Poder