Sebastián pensó para sí: "¿Por qué tuve que decirlo?"
Gabriela insistió:
—Te quiero hacer una pregunta.
—Ajá —respondió Sebastián, sosteniendo el asa de la maleta con una mano. Aceleró el paso para alcanzar a Gabriela y, sin pensarlo mucho, le tomó la muñeca suavemente.
Gabriela lo miró de reojo y le soltó:
—¿Quién fue tu amor platónico cuando estabas entrando en la adolescencia?
—Tú —contestó Sebastián sin vacilar.
Gabriela rodó los ojos y siguió:
—Me refiero a si en la secundaria tuviste algún enamoramiento secreto con alguien de tu salón.
—No —dijo él, con absoluta serenidad—. Recuerdo que ya me habías preguntado esto antes.
—¿De verdad nunca? —Gabriela levantó una ceja, divertida.
—De verdad. ¿Acaso mi abuela nunca te contó? Cuando todos andaban con las hormonas alborotadas, yo ya veía la vida como algo aburrido, sin demasiado sentido.
Y no mentía. Sebastián en realidad, desde los catorce o quince años, sentía que la vida era monótona, una rutina interminable. Así pasaron los años, uno tras otro, hasta que…
Volteó hacia Gabriela y le dijo:
—Hasta que te conocí.
Aún lo recordaba con nitidez. En aquel entonces, confundió el primer estremecimiento de su corazón con un malestar físico, tanto que fue a buscar a Gabriela para que le tomara el pulso, creyendo que estaba enfermo.
Al recordarlo, Sebastián sonrió sin darse cuenta.
—¿De qué te ríes? —Gabriela lo miró, curiosa.
—Me acordé de la vez que te pedí revisar mi pulso… La verdad es que ya me gustabas, solo que todavía no me daba cuenta.
Esa confesión también le despertó recuerdos a Gabriela. Para ella, Sebastián fue el primer chico que le hizo sentir algo especial, y, como él, creyó que tenía una extraña enfermedad.
—¿Fui la primera persona que te gustó? —preguntó Sebastián, mirándola a los ojos.
Gabriela suspiró, medio resignada:
—Recuerdo que eso también ya lo preguntaste.
—Quiero escucharlo de nuevo —dijo él.
Gabriela asintió con una sonrisa suave.
—Sí, fuiste el primero.
Sebastián no dijo nada más, solo apretó su mano con más fuerza.
Salieron juntos al exterior. El chofer ya los esperaba en la entrada, al lado del auto. Apenas los vio, se bajó rápidamente, tomó la maleta de Sebastián y saludó con respeto:
—Señor Sebas, señorita Yllescas.
Sebastián abrió la puerta trasera, puso la mano sobre el marco del coche para cuidar a Gabriela y la ayudó a entrar.
—Con cuidado —le susurró.
—Gracias —respondió Gabriela, sentándose en el asiento trasero.
—¿A dónde vas? —preguntó Gabriela, todavía con voz adormilada.
Ella misma se sorprendió al oírse. Su voz sonaba diferente, pero a la vez, igual que siempre.
—Yo… —Sebastián carraspeó—. Voy a…
No alcanzó a terminar la frase, porque Gabriela lo interrumpió:
—¿Vas al baño, acaso?
Era una pregunta simple, pero Sebastián sintió como si le hubieran dicho algo atrevido, casi prohibido.
Gabriela se rió bajito:
—Mira, señor Zesati, si yo fuera tú, ya no me aguantaría.
Se detuvo un segundo y luego añadió, con picardía:
—¿Te animas?
El orgullo de hombre no podía dejar pasar semejante reto. Sebastián no dudó ni un segundo: se lanzó sobre ella, apoyando sus manos a ambos lados, sus ojos oscuros y serios, la voz grave y peligrosa:
—¿Y por qué no me animaría?
Gabriela tampoco se echó para atrás. Lo miró de frente, con una chispa en los ojos:
—Pues ven, a ver si es cierto.
Sus ojos, llenos de luz, parpadeaban como si pudieran embrujar a cualquiera.
En ese instante, Sebastián sintió que la bestia que llevaba años encerrada dentro de su pecho se soltaba al fin, lanzándose al cielo, imparable.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera del Poder
Buen dia, habia entendido que la novela era gratis, gracias 😊...
Buen dia...