El hecho de que la criatura extraña regresara por su cuenta también dejó desconcertado al asistente.
En teoría, la base de experimentos era como una prisión para la criatura. No tenía sentido que, después de haberse escapado, decidiera volver por sí sola.
—Por cierto, doctor, tengo esto —dijo el asistente, como si de pronto recordara algo, y le entregó a Mario un chip negro.
Mario tomó el chip, frunciendo un poco el ceño.
—¿Qué es esto?
—Lo trajo la criatura de vuelta —respondió el asistente.
Mario miró el chip con una expresión complicada. Tras unos segundos, dijo:
—Llévale esto al doctor William.
—De acuerdo —contestó el asistente, recibiendo otra vez el chip de manos de Mario y caminando en dirección a la oficina del doctor William.
Mario, en cambio, se quedó observando a la criatura que había decidido regresar.
Tenía la sensación de que había algo diferente en ella, pero no lograba identificar exactamente qué era.
Mario miraba a la criatura y la criatura, con la cabeza ladeada, lo miraba también.
Así, uno frente al otro, se quedaron observándose en silencio.
Mientras tanto, en otro lado de la base, el asistente entregaba el chip negro al doctor William.
—¿Dices que esto lo trajo la criatura? —preguntó William, al recibirlo.
—Sí.
Desde que esa criatura apareció, las cosas que traía no podían analizarse con los instrumentos normales.
William se llevó el chip al laboratorio.
Diez minutos después, desde adentro se escuchó una voz llena de asombro:
—¡Dios mío! ¡Alguien vaya a buscar a Mario! ¡No, mejor voy yo mismo!
Apenas terminó la frase, William salió corriendo del laboratorio.
No tardó en llegar al lado de Mario.
Al verlo llegar, Mario preguntó:
—¿Ya tienes los resultados del experimento?
William asintió, casi temblando de emoción.
—Sí.
—¿Y bien? ¿Qué era? —preguntó Mario, ansioso.
William soltó una risa nerviosa:
—¡Nunca lo adivinarías, viejo amigo!
Mario sentía tanta curiosidad que apenas podía contenerse.
—¿Qué es? ¡Dímelo ya!
Por la cara de William, estaba claro que no era una mala noticia.
¿Entonces, qué clase de buena noticia era?
William se tomó un segundo para respirar y luego soltó:
—¡Es energía de motor perpetuo! ¡Sí, mi compa, escuchaste bien! ¡Tenemos un motor perpetuo!
¿Qué?
¿Un motor perpetuo?
En ese momento, Mario sintió que no podía creer lo que escuchaba.
Por fin había llegado ese día.
Siempre lo supo: algún día, él tendría en sus manos un motor perpetuo.
Ambos estaban tan emocionados que casi no podían ni hablar y hasta soltaron algunas lágrimas.
Esa sensación solo la pueden entender quienes se dedican a la ciencia, sobre todo Mario.
En ese momento, una avalancha de recuerdos lo invadió. Desde que empezó, muchos no creían en él. Pero ahora, con el motor perpetuo ante sus ojos, su perseverancia daba frutos y eso lo hacía sentir aún más orgulloso.
El motor perpetuo ya estaba ahí. ¿Faltaría mucho para que todos esos que dudaron tuvieran que tragarse sus palabras?
No faltaba mucho.
Cuatro años.
Cuatro años completos.
Torreblanca había estado en la cima por demasiado tiempo; ya era hora de que bajaran de ese pedestal.
Los verdaderos protagonistas de estos tiempos, pensó Mario, estaban en el Estado Luz.
Con ese pensamiento, los ojos de Mario brillaron intensamente.
William, entonces, se volvió hacia él:
—¡Viejo amigo, tenías razón! ¡La criatura realmente trajo buena fortuna!
—¿Y Caidín? —preguntó Mario.
—Debe estar en el laboratorio de la zona C —respondió William.
Mario, sonriendo de medio lado, dijo:
—Ve a buscarlo.
Después de todo, Caidín había sido el primero en oponerse a sus ideas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera del Poder
Buen dia, habia entendido que la novela era gratis, gracias 😊...
Buen dia...