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La Heredera del Poder romance Capítulo 2745

Solo hacía falta abrir la compuerta, pisar Marte, para demostrar que todo aquello era falso.

Mientras todos miraban por la ventana, la voz de Gabriela volvió a sonar en la cabina:

—¿Ahora sí pueden creer que esto es verdad?

—Ya que la Doctora YC está tan segura, ¿por qué no nos deja abrir la compuerta y sentir estos campos verdes y colinas por nosotros mismos? Al final, todos aquí somos primerizos en Marte —insistió el líder del país P.

—Tiene razón el señor Hiter —añadió de inmediato el gurú tecnológico del país L—. Doctora YC, ya que estamos aquí, ¿por qué no nos permite comprobarlo en persona y así evitar más rumores en el futuro?

Nadie se lo creía del todo. Hasta que no lo vieran con sus propios ojos, no aceptarían que Gabriela hubiera logrado crear un oasis en Marte.

¡Era imposible!

Sobre todo para el líder del país P. En su país, casi un tercio del territorio era desierto. Llevaban años tratando de revertir la desertificación, pero apenas habían logrado avances.

¿Y ahora venían a decirle que en Marte, con condiciones aún más duras, habían logrado hacer crecer plantas?

—¿Y por qué no me atrevería? —Gabriela sonrió de lado y miró a los presentes—. Si todos sienten tanta curiosidad, entonces los invito a que bajen y recorran Marte por sí mismos. Jefe Mino, Jefa Tobar.

—Srta. Yllescas —respondieron de inmediato Mino y Meli, acercándose.

—Preparen todo para el desembarco —ordenó Gabriela.

—Entendido.

En cuestión de minutos, la nave espacial aterrizó suavemente sobre la superficie marciana.

Bajo la coordinación de Mino y Meli, todos se prepararon para salir.

El primero en acercarse a la compuerta fue el señor Hiter, del país P.

Él sabía bien lo que era Marte. No llevaba ningún equipo especial, solo ropa común y corriente. Si salía sin protección y algo iba mal, ¿quién iba a responder por él?

Y si Gabriela decidía deshacerse de todos allí, ¿quién se enteraría?

No, no podía ser el primero.

Hiter retrocedió discretamente un paso.

—Doctora YC, mejor adelante usted. Nadie conoce Marte como usted —dijo, sonriendo con nerviosismo.

Gabriela le devolvió una sonrisa tranquila. Sin vacilar, dio un paso al frente, cruzó la compuerta y pisó el césped mullido con toda naturalidad.

Solo al verla afuera, Hiter se animó a seguirla. El resto del grupo fue detrás, uno a uno.

—¡Esto sí que es Marte!

—¡No lo puedo creer! ¡Es como un pequeño planeta Tierra!

—¡La vista de la Tierra desde aquí es impresionante!

—¡Doctora YC, felicidades! Después de dos años, por fin logró terminar el programa Oasis.

—Así que, sí era posible transformar Marte…

Las felicitaciones y las exclamaciones de asombro llenaron el aire. Nadie imaginó que Gabriela realmente habría logrado completar el programa Oasis.

Mientras tanto, en la sala de transmisiones, Bravo temblaba tanto que apenas podía sostenerse en pie. El rostro se le había puesto blanco como el papel.

¿Qué debía hacer ahora?

—¡Jefe Rob, por favor! ¡Déjeme ir esta vez! Le prometo que nunca volveré a hacer algo así…

Rob lo miró de reojo:

—Cuando traicionaste la base y a la señorita Yllescas, ¿pensaste en esto? ¡Bravo, qué descaro! Si estuviéramos en tiempos de guerra, ya te habrían fusilado por traidor.

Bravo jamás pensó que llegaría a esto. De haber sabido, nunca habría regresado; debió quedarse en el país C.

Gabriela seguía en Marte, así que, si Rob lo soltaba, nadie se enteraría.

Lo intentó otra vez, suplicante:

—Jefe Rob, todos cometemos errores. Sea generoso y perdóneme solo esta vez. Estoy dispuesto a hacer lo que sea…

Rob no contestó.

Bravo insistió:

—Jefe Rob, aunque yo haya fallado, mi esposa y mis hijos no tienen culpa. ¡Por favor, permita que regresen del país C! Se lo ruego…

Sabía que, si lo arrestaban, su familia quedaría desprotegida en el extranjero.

Nadie en su casa hablaba otro idioma. Sin ayuda, acabarían en la calle, víctimas de la discriminación por ser extranjeros.

No podía permitirlo. Tenía que traerlos de vuelta cuanto antes.

En su patria Torreblanca, al menos tenían casa y familia.

Solo ahora, en este momento de desesperación, Bravo valoraba lo bueno de su tierra.

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