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La Heredera del Poder romance Capítulo 2729

—¡Señora! ¡El Dr. Marino ya llegó! —avisó el mayordomo mientras entraba acompañado del médico.

Sofía se levantó de inmediato.—Dr. Marino, gracias por venir. Mi mamá, aunque ya no se movía bien, siempre había estado bastante sana estos años. ¿Podría revisarla y decirnos qué pasó?

—Por supuesto —respondió el doctor, dejando su maletín y acercándose a la cama para examinarla con cuidado.

Al poco tiempo, levantó la mirada hacia Sofía.—Sra. Lozano, la señora mayor, con más de noventa años, ha partido por causas naturales. La vida y la muerte van de la mano, le ofrezco mi más sentido pésame.

Era la primera vez que Sofía se enfrentaba a la muerte tan de cerca.

Aunque la suegra había hecho muchas cosas que Sofía jamás podría olvidar, ahora ya no estaba. Al final de cuentas, los que se van merecen respeto.

Cuando el doctor confirmó la noticia, las empleadas de la casa no pudieron evitar limpiarse las lágrimas en silencio.

La atmósfera se llenó de tristeza.

No pasó mucho antes de que Rodrigo llegara corriendo, apurado.

—¡Sofi! ¿Qué pasó con mamá?

Sofía lo miró con ojos rojos.—Mamá ya se fue, Dr. Marino dice que fue por su edad... murió tranquila.

Los ojos de Rodrigo se pusieron vidriosos al instante.

—Mis condolencias, Sr. Lozano —volvió a decir el doctor—. Su mamá se fue en paz.

En Ciudad Real, cuando alguien pasaba de los noventa, se consideraba una muerte buena, de esas que se despiden con respeto y hasta cierto alivio.

Rodrigo se acercó a la cama y miró a la abuela Lozano. Se notaba triste, pero no devastado.

Gran parte de las tragedias de su vida —perder a su esposa, a su hijo, e incluso una pierna— eran consecuencia directa de la abuela Lozano.

Hay heridas que no se curan de un día para otro.

Si no hubiera sido por la intervención de Gabriela, él y Sofía tal vez no se habrían vuelto a encontrar nunca.

Aunque era su madre, Rodrigo no podía evitar cierto resentimiento hacia ella.

Pero ya se había ido. Por grande que fuera el rencor, era mejor dejarlo en el pasado.

La abuela Lozano llevaba años sin poder moverse bien y, al final, partir así era hasta un descanso para ella.

Rodrigo se serenó y miró a Sofía.—Voy a avisarle a mis hermanos. Sofi, quédate con el mayordomo y ve organizando lo que sigue.

—Está bien —asintió Sofía.

Rodrigo informó a los cuatro hermanos Lozano.

A excepción de Adolfo, los otros tres vivían en diferentes regiones del país. Aun viajando en avión, tardarían mínimo dos o tres horas en llegar.

La noticia los dejó a todos en shock. Nadie se imaginaba que la abuela Lozano se iría tan de repente.

Los cuatro hermanos Lozano regresaron tan pronto como pudieron, trayendo consigo a sus familias.

El primero en llegar fue Adolfo.

Fuera de la vida y la muerte, nada es tan importante.

Aunque Rodrigo ya tenía lo principal solucionado, quedaban muchos detalles por organizar, así que Adolfo tampoco tuvo tiempo de descansar.

Amanda, con su hijo en brazos, se acercó a Sofía para conversar.—Sofi, la vida es como un sueño, ¿no crees? Ayer la señora estaba bien y hoy ya no está... —dijo con un suspiro, todavía sorprendida.

La vida es un sueño, y el sueño, vida.

—Al final, la vida es solo un cerrar y abrir de ojos —respondió Sofía con un suspiro, mirando a Amanda.—Amanda, ¿todavía le guardas rencor?

Amanda se quedó pensativa, mirando a Sofía.—Sería mentira decir que no. Tú sabes muy bien cómo me trató, pero ya se fue. Lo pasado, pasado. Al final, era la mamá de Adolfo y la abuela de Zane.

No valía la pena pelear con quien ya no estaba.

—Tienes razón —dijo Sofía mirando al horizonte—. Lo que pasó, pasó.

—¿Y tú? —preguntó Amanda—. Lo tuyo con ella fue peor. ¿Todavía la odias?

—Pienso igual que tú —respondió Sofía.

Amanda la abrazó.—La verdad, tú eres la que más ha sufrido.

—Adolfo también la pasó muy mal —dijo Sofía.

Adolfo había sentido culpa toda su vida por Jacinta y había estado atado a su pasado por mucho tiempo.

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