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La Heredera del Poder romance Capítulo 2710

—Entonces dime, ¿tú crees que un hombre hecho y derecho usando un vestido rosa y paseando por el centro no se ve raro? —preguntó Santiago, devolviéndole la pregunta a Adam.

Adam se tocó la nariz, incómodo.

—Obvio que sí, se vería rarísimo.

—Pues igual de raro es que vayas a comer con una simple amiga al Encuentro Con Rosa —sentenció Santiago, muy seguro de sí mismo.

Adam frunció el ceño, aunque tratando de que no se notara demasiado. Sin embargo, no le desagradaba del todo ese tipo de bromas.

Kelvy soltó una carcajada y añadió:

—Adam, ya dinos la verdad.

—Eso, eso —se sumó Ian, animado—. Mira, Adam, ya tienes tus años, es normal que tengas novia. Pero la verdad me da curiosidad, ¿cómo será tu novia? ¡Porque para conquistar a alguien tan terco como tú, tiene que ser especial!

Apenas Ian dijo "tu novia", Adam sintió cómo las orejas se le ponían rojas. Fue como un reflejo. Y, la verdad, era una sensación extraña.

—Mira nomás, ¡se sonrojó! Y todavía dice que no anda de novio —siguió Ian, burlón—. Adam, nunca pensé que fueras tan tímido, pareces adolescente.

—No inventen, de verdad solo somos amigos —insistió Adam, ya medio resignado.

—Sí, sí, claro, amigos… —dijo Ian, mirando a Kelvy y Santiago—. Escuchen bien, Santiago y Kelvy, Adam y su "novia" son solo amigos, ¿eh? Así que ni se les ocurra bromear con eso.

—Sí, sí, ya entendimos —contestaron los otros dos, sin mucha convicción.

Adam ya no sabía ni cómo defenderse. Quería explicar, pero ni él mismo encontraba las palabras.

En un abrir y cerrar de ojos, ya eran las cinco y media de la tarde. Adam siempre había sido puntual, así que revisó cuánto tiempo le tomaría llegar desde la oficina hasta el restaurante Encuentro Con Rosa. Calculó que, con tráfico, le sobraba tiempo si salía ya.

Así que, después de dejar todo en orden en la oficina, bajó al estacionamiento, subió a su coche y se fue.

En cuanto Adam salió, Ian, Kelvy y Santiago también corrieron a sus autos para seguirlo.

—Ian, maneja más despacio, no vayas a hacer que Adam nos descubra —advirtió Kelvy.

—Relájate —contestó Ian, con una mano en el volante y silbando—. Yo manejo como los dioses.

—¿Y alguna vez dejarás de presumir? Aquí ni hay chicas —le reclamó Kelvy, rodando los ojos.

Pero había que admitirlo: Ian manejaba bien. No se acercaba demasiado ni se quedaba tan atrás como para perder de vista a Adam. Y, la verdad, los tres no estaban ahí por chismosos, sino porque de verdad les daba curiosidad saber cómo era la chica que había logrado llamar la atención de Adam.

¡Tenía que ser guapísima!

Así, los tres siguieron a Adam hasta el restaurante. Para no levantar sospechas, Kelvy hasta había rentado un auto compartido.

Cuando vieron a Adam bajarse, Ian no perdió oportunidad para criticar:

—¿Vieron? Adam ni se arregló para la cita. ¡Así no se puede! Ustedes nunca hagan lo mismo, ¿eh? ¡Es el ejemplo de lo que no hay que hacer!

—Eso, eso —asintió Kelvy—. No solo hay que arreglarse, ¡hay que llevar flores! ¿Cómo va uno a ver a una chica sin un poquito de detalle?

Santiago, muy serio, sacó un papel y una pluma para anotar todo. Pensaba que, si algún día tenía novia, no iba a olvidar ni uno de esos consejos.

—Yo creo que también hay que llevarle un labial —aportó Ian, tocándose la barbilla.

Santiago apuntó esa idea, y luego le preguntó:

—He oído que hay mil colores, ¿cuál les gusta más a las chicas?

—Obvio el rosa —contestó Kelvy sin dudar—. Es tierno y bonito.

—Tiene sentido —dijo Ian, aprobando.

Adam no tomó el menú. Le devolvió la sonrisa y le dijo:

—Mejor pide tú primero.

—Ya pedí lo mío, tú escoge lo que quieras —contestó Sue.

Adam entonces sí tomó el menú y se puso a ver los platillos. Antes prefería comidas más suaves y sencillas, pero desde que Gabriela apareció en su vida, se había animado a probar sabores nuevos. Ahora le gustaba la comida picante y, sobre todo, no podía irse sin postre.

Cuando terminó de pedir, miró a Sue:

—¿No quieres un postre?

Sue negó con la cabeza y sonrió.

—No, en la noche no como dulces. Si no, engordo.

Como toda chica coqueta, Sue cuidaba su figura y no lo ocultaba para nada.

Luego añadió:

—Nunca imaginé que a los hombres también les gustaran los postres.

Normalmente, los dulces eran cosa de mujeres, pero Adam se rió.

—Es que a mi hermana le encantan y, pues, me acostumbré a comer con ella.

—¡Cierto! Ahora que lo dices, la otra vez que fuimos a comer juntos, Gabi pidió como tres postres distintos —recordó Sue.

Entre risas y plática, Ian, Santiago y Kelvy entraron también al restaurante. Los tres buscaron a Adam con la mirada, y de pronto Kelvy lo ubicó. Le dio un codazo a Ian y a Santiago y les susurró, emocionado:

—¡Miren, ahí está! ¡Adam está allá!

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