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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 81

~MINA~

Desperté con una sensación extraña de calor y comodidad que tardé varios segundos en identificar. Mi cuerpo estaba relajado, demasiado relajado después de todo lo que habíamos vivido en los últimos días, y durante un momento permanecí con los ojos cerrados, disfrutando aquella tibieza agradable que me envolvía.

Entonces noté el peso de un brazo sobre mi cintura. Abrí los ojos despacio y el sueño se me fue de golpe cuando me di cuenta de que Artem estaba pegado a mí.

No encima ni abrazándome como si fuéramos una pareja empalagosa, pero sí lo suficientemente cerca como para que mi cabeza estuviera acomodada junto a su hombro y uno de sus brazos descansara sobre mi cintura, sujetándome con una naturalidad que me dejó completamente inmóvil.

Su rostro estaba a pocos centímetros del mío, relajado por el sueño, la respiración lenta y profunda. La barba le cubría la mandíbula y algunos mechones rubios caían desordenados sobre su frente.

Me quedé mirándolo más tiempo del que debía, intentando recordar cómo demonios habíamos terminado así cuando anoche habíamos dejado a Emiliano en medio precisamente para evitar semejante situación.

Emiliano.

¿Dónde está Emiliano?

La alarma me atravesó de inmediato.

No estaba entre nosotros. No podía verlo desde aquella posición, pero no necesitaba hacerlo para saber que el espacio que había ocupado su pequeño cuerpo estaba vacío.

Mi corazón se aceleró y pensé en incorporarme para buscarlo, aunque primero necesitaba salir de debajo del brazo del güero sin despertarlo, porque qué oso que si nos viera acurrucaditos de aquella manera.

Moví con cuidado una pierna, después la cintura, intentando deslizarme hacia atrás muy despacio, pero entonces los ojos azules de Artem se abrieron y me quedé congelada.

Él también.

Durante un par de segundos ninguno dijo absolutamente nada. Sus ojos bajaron hacia el brazo que todavía tenía sobre mi cintura y después volvieron a mi cara. Yo hice exactamente lo mismo y me incorporé de golpe.

—¿Qué haces? —susurré.

Frunció el ceño, todavía medio dormido, y también se incorporó.

—¿Yo? ¿Qué haces tú aquí?

—¿Cómo que qué hago yo aquí? Este era mi lado.

—Pues ya no estás en tu lado.

—Tú tampoco.

Su mirada volvió a bajar y retiró el brazo de mi cintura tan rápido como si acabara de descubrir que estaba abrazando una hornilla encendida.

—Tú te metiste en mi espacio.

Abrí la boca, indignada.

—¡Yo no me metí en ningún lado!

—Estás prácticamente encima de mí, Mina.

—¡Porque tú me estabas agarrando!

—Yo estaba dormido.

—¡Yo también!

—Entonces deja de acusarme como si hubiera planeado esto.

—Pues no fui yo la que amaneció con un brazo encima del otro.

Artem abrió la boca para responder, pero una vocecita llegó desde algún punto de la habitación.

—Los dos se acercaron.

Giramos la cabeza al mismo tiempo.

Emiliano estaba sentado en el suelo junto a la cama, todavía vestido con la ropa con que había dormido, con tres de sus carritos alineados frente a él y el cuarto avanzando lentamente sobre la alfombra.

Nos miraba con una expresión completamente tranquila, como si llevara varios minutos escuchándonos discutir y no entendiera cuál era el problema.

Sentí que el pecho se me aflojaba de inmediato.

—Mi amor, ¿desde cuándo estás despierto?

—Desde hace rato. Tenía mucho calor y no podía dormir más.

Artem se pasó una mano por la cara.

—Perfecto.

Artem me lanzó una mirada que habría hecho retroceder a cualquier hombre sensato, pero yo ya le había perdido demasiado respeto como para intimidarme.

—Mira nada más. Tanto drama anoche, tan tieso en la orillita de la cama como cadáver acomodado para velorio y al final resultaste ser un osito de peluche abrazador.

—No soy un maldito osito de peluche abrazador.

—Tenemos testigo.

Emiliano levantó la vista.

—Sí la abrazaste.

Eso terminó de destruir cualquier defensa que le quedara.

Artem apartó la sábana y se levantó.

Me reí todavía más mientras él empezaba a recoger sus cosas con una dignidad ofendida que hacía todo mucho peor.

Sin embargo, cuando la risa disminuyó y me quedé sentada sobre la cama, algo empezó a inquietarme de una manera distinta.

No era que hubiera despertado junto a Artem. Era cómo me había sentido al despertar: cómoda, caliente, segura.

Antes de abrir los ojos no había sentido miedo ni rechazo. Mi cuerpo no se había tensado al notar un brazo masculino rodeándome. Al contrario, había estado tan relajada que ni siquiera había querido moverme. Saber que era Artem tampoco había cambiado eso.

Me había sorprendido, sí. Me había puesto nerviosa. Pero miedo... ninguno.

Anoche le había dicho que confiaba en él y al parecer mi cuerpo también.

Esa conclusión consiguió que el calor me subiera por el cuello y aparté la mirada antes de que el güero pudiera notar algo.

Artem terminó de guardar lo suyo y miró primero a Emiliano y después a mí.

—Bien. Ya fue suficiente circo por esta mañana. Es hora de alistarnos.

Levanté las cejas.

—Comemos algo, cargamos gasolina y seguimos. —Señaló hacia el baño—. Aprovechen ahora para hacer todo lo que necesiten porque después de esto no habrá más descanso largo hasta llegar a Chicago.

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