~MINA~
Lo observé llevarse ambas manos al cuello mientras trataba de respirar. Dio un paso hacia mí, luego otro, pero las piernas parecieron fallarle y terminó chocando contra una pequeña mesa junto a la pared.
Una lámpara cayó al suelo con un estruendo. Él se sostuvo del borde del mueble, tosió otra vez y me miró como si todavía no pudiera comprender que yo hubiera sido capaz de hacerle aquello.
Entonces extendió una mano hacia mí.
—Her... mi...
Mi nombre apenas fue un murmullo roto.
Me quedé paralizada.
Podía quedarme. Podía ayudarlo. Podía llamar a sus hombres.
Ezequiel volvió a intentar hablar y solo consiguió un sonido ronco seguido de una respiración dificultosa.
No.
Aquella era mi oportunidad.
Quizá la única que iba a tener en toda mi vida.
Di un paso hacia atrás y Ezequiel abrió los ojos con furia. Comprendió lo que estaba pensando y negó con la cabeza.
Extendió otra vez la mano.
Yo giré el pomo y abrí la puerta.
No esperé ni un segundo y salí corriendo.
Salí al pasillo descalza, sin mirar atrás. Mi corazón golpeaba contra mis costillas mientras avanzaba hacia las escaleras y durante los primeros segundos no escuché nada detrás de mí. Ninguna voz. Ningún grito de alarma. Ezequiel todavía no conseguía llamar a sus hombres.
Tenía unos segundos. Quizá un minuto. No sabía cuánto.
Bajé las escaleras casi saltando los últimos peldaños. Una parte de mí esperaba ver aparecer a alguno de los hombres en cualquier momento, pero la planta baja estaba prácticamente a oscuras. Solo algunas luces permanecían encendidas en los pasillos y en la sala. La mayoría de los hombres estaban fuera, en sus puestos habituales, y los que dormían dentro se encontraban en habitaciones alejadas de aquella zona.
Conocía la casa. Sabía exactamente hacia dónde ir.
Atravesé la sala y corrí hacia la puerta corrediza que daba a la terraza trasera.
Mis dedos temblaban tanto que apenas conseguí agarrar el tirador.
Abrí y la alarma estalló.
El sonido atravesó toda la casa y me quedé congelada un segundo.
No sabía que había un sistema nocturno.
—¡Mierda!
Las luces exteriores se encendieron casi al mismo tiempo y escuché voces.
—¿Qué pasa?
—¡La alarma!
—¡Alguien se ha metido a la casa!
—¡Revisen atrás!
No esperé a que me encontraran.
Salí corriendo.
El aire de la noche me golpeó el rostro mientras atravesaba la terraza y bajaba los escalones hacia el jardín. Escuché una puerta abrirse detrás de mí.
—¡Ahí!
Corrí tan rápido que las pantorrillas me ardieron como si les hubieran echado ácido.
—¡Es ella!
Las voces hicieron que el pánico me atravesara de pies a cabeza.
No miré atrás. Sabía que si lo hacía perdería velocidad.
Atravesé el jardín, pasé junto a la piscina y llegué hasta el extremo de la propiedad donde comenzaba la zona más irregular. El césped terminó y mis pies desnudos golpearon tierra, piedras y ramas secas.
Julián me había dicho que en la zona boscosa había una parte de la cerca que tenía un ducto de alcantarillado sanitario por el que podía salir de la propiedad.
—¡Alto o te matamos!
Seguí corriendo sin detenerme y un disparo quebró la noche.
Grité y agaché la cabeza.
Otro disparo.
No sabía si intentaban alcanzarme o asustarme. Tampoco pensaba averiguarlo.
Llegué hasta los primeros árboles y me lancé entre ellos.
Las ramas golpearon mi rostro y mis brazos. Una espina se enganchó en el vestido y tiró de mí hacia atrás. Casi caí.
—No, no, no...
Los pasos comenzaron a alejarse y esperé. No sabía cuánto. Quizá treinta segundos. Quizá cinco minutos.
Cuando dejé de escuchar voces cerca, salí lentamente de la maleza y volví a correr.
No tenía idea de cuánto terreno debía atravesar antes de llegar al conducto que Julián me había dicho, pero no dejé de correr a pesar de que tropecé y caí de rodillas.
Me levanté y una rama me golpeó el rostro.
Seguí.
Los disparos volvieron a escucharse a lo lejos. Después voces y más luces.
La búsqueda se estaba extendiendo. Yo solo necesitaba llegar al conducto y salir para llegar a la carretera.
Una vez allí no sabía qué haría, ya que no tenía teléfono, ni dinero, ni zapatos, ni a nadie a quien llamar porque Ezequiel había masacrado a toda mi familia el día que me secuestró.
Pero estaría fuera y eso era suficiente.
Seguí avanzando hasta que finalmente llegué a la cerca. Caminé pegada a ella hasta que a unos metros encontré el conducto y me metí en él.
Apestaba a m****a, pero no me importó. Prefería mil veces eso antes que volver a ese infierno.
Sabía que la carretera estaba al otro lado y sentí una fuerza nueva atravesarme.
—Vamos —me susurré—. Vamos.
Me agaché, me arrastré y finalmente estuve del otro lado.
Casi lloro de la felicidad, Pero sabía que no había tiempo. Aún tenía que correr.
Salí de entre los árboles y corrí hacia la carretera.
No miré a los lados. Solo quería cruzar. Solo quería alejarme.
Entonces escuché un claxon y giré la cabeza.
Dos luces blancas venían directamente hacia mí. Durante un instante no entendí lo que estaba viendo.
El vehículo frenó. Los neumáticos chirriaron sobre el asfalto. Intenté retroceder, pero no tuve tiempo.
Sentí el impacto y mi cuerpo salió despedido.
El mundo giró.
Vi cielo. Estrellas. Oscuridad.
y después no vi nada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
Alguien me puede explicar como del 88 salta al 89 del futuro como asi que Lexia esta embarazada de nuevo...
A mi tampoco me deja y tengo saldo...
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...