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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 52

~ARTEM~

Mi atención se clavó inmediatamente en la llamada y me alejé unos pasos de Mina, aunque no tanto como para que ella pudiera escuchar lo que hablábamos.

—Habla.

—Mis muchachos tardaron un poco porque resulta que el cabrón ya no anda tan pegado a Montalvo como antes —explicó Valdés—. Pero sí, encontramos al hombre que estás buscando. Ramiro Ortega, alias el Rami. Cincuenta y dos años, moreno, grandote y con el pelo casi rapado. Lleva más de veinte años trabajando para Montalvo.

La descripción coincidía demasiado bien con la que Mina me había dado.

—¿Dónde está?

—Por Los Mochis. Montalvo tiene un rancho a las afueras que utiliza para algunos de sus negocios y el Rami pasa bastante tiempo allí. Según mi gente, ahora se encarga de supervisar algunas operaciones y de mantener a raya a los pendejos que trabajan para ellos.

—¿Vive allí?

—No. Tiene una casa en la ciudad, pero entra y sale del rancho constantemente. Mis hombres ya llevan siguiéndolo desde ayer para confirmar sus movimientos.

—¿Cuántos hombres suele llevar encima?

—Dos, a veces tres. Tampoco creas que anda como pinche presidente rodeado de escoltas. Ya está viejo para andar jugando al sicario, ruso. Ahora parece más administrador que otra cosa.

Eso me convenía.

No necesitaba entrar directamente a una fortaleza de Ezequiel para ponerle las manos encima.

—Quiero la ubicación del rancho y de su casa.

—Te las mando en cuanto terminemos de hablar.

—¿Y el tal Chuy?

—Todavía nada sólido. No te me desesperes. Pediste dos cabrones y ya te encontré uno.

—Necesito al otro también.

—Y lo vas a tener. Pero primero aprovecha este. Mis muchachos van a seguir vigilando al Rami hasta que me digas qué quieres hacer.

—Nada. Solo vigílenlo. No quiero que se acerquen ni que le den motivos para sospechar.

—Claro como el agua.

—Y nadie habla de esto.

Valdés soltó una risita.

—Ya sé, ruso. Tu secretito sigue siendo tu secretito.

—Mándame las ubicaciones.

—De volada, ruso.

Corté sin despedirme y bajé el teléfono.

Mina ya estaba pegada a mi costado, observándome.

Todavía tenía el arma en una mano y toda la gracia que tenía unos minutos antes había desaparecido de su rostro.

—¿Es él? —preguntó.

—Todo indica que sí.

Sus dedos se cerraron lentamente alrededor de la empuñadura.

—¿Dónde está?

—No estoy intentando resolver tu vida por ti.

—Pero eso sería exactamente lo que harías si fueras a buscar al Rami, lo interrogaras y luego regresaras aquí a contarme qué dijo. —Respiró profundamente antes de continuar—. Tú sabes de él únicamente lo que yo te he contado. Yo pasé varios años viendo a ese cabrón alrededor de Ezequiel. Lo conozco. Sé cómo habla, sé cómo se comporta y puedo reconocer si intenta hacerse pendejo conmigo o contigo.

No podía negar eso.

—Además, es mi hijo, Artem —añadió, esta vez con una seriedad que borró cualquier posibilidad de discutir aquello como una simple diferencia de opiniones—. No quiero que nadie vuelva a decidir qué puedo saber sobre él, cuándo puedo saberlo o cuánto de la verdad tengo permitido escuchar.

Aquella frase terminó de golpear donde debía.

Me pasé una mano por la barbilla y la observé durante unos segundos. Mi instinto gritaba que la dejara allí, segura, lejos de cualquier hombre relacionado con Montalvo. Pero también sabía que Mina tenía razón.

No podía enseñarle a levantarse y después obligarla a permanecer de rodillas cada vez que apareciera un peligro real.

—Está bien —cedí finalmente—. Vas conmigo.

Sus hombros perdieron parte de la tensión.

—Pero bajo mis condiciones —agregué antes de que celebrara demasiado—. En todo momento haces exactamente lo que te diga. Si te digo que te agaches, te agachas. Si te digo que corras, corres. Si te digo que dispares, disparas. No improvisas, no intentas demostrarme que puedes hacerlo sola y no cometes ninguna estupidez por rabia cuando tengas a Ramiro enfrente. Esto no es un entrenamiento dentro de la seguridad de esta propiedad. Un solo error puede costarte la vida.

Mina sostuvo mi mirada sin titubear.

—Lo sé muy bien, güero. Ya puse mi vida en riesgo una vez cuando decidí huir de Ezequiel y sigo sin tenerle miedo a morir. Lo único que me da miedo es volver a ser su prisionera y no saber nunca si mi hijo está vivo.

Sonreí y asentí.

—Bien, entonces vas.

Mina asintió con firmeza.

—Vamos a averiguar qué pasó con mi hijo, güero.

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