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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 41

~MINA~

—Como no puedes estar tanto tiempo de pie y tampoco hacer muchos esfuerzos con la pierna, vamos a empezar con lo más básico —indicó Artem.

Miré la pistola que acababa de colocar sobre la mesa frente a mí y después levanté los ojos hacia él.

Estábamos en una de las habitaciones de la casa que parecía utilizarse para guardar algunas cosas de la Bratva y yo permanecía sentada, con el pie lesionado descansando sobre otra silla mientras el güero se acomodaba frente a mí con esa seriedad de maestro cabrón que ya me hacía sospechar que no pensaba tenerme demasiada paciencia.

—¿Lo más básico es darme una pistola?

—Lo más básico es enseñarte qué demonios tienes entre las manos antes de permitir que intentes utilizarla.

—Ah. Eso suena más tranquilizador.

—A mí me tranquiliza bastante. No tengo ganas de que me pegues un tiro por accidente.

—Qué poca fe me tienes.

—Después de verte atacar con una sartén, tengo motivos.

Entorné los ojos, pero Artem ya había tomado el arma y empezó a explicarme sus partes principales, señalándome la empuñadura, el gatillo, la corredera, el cargador y algunas otras cosas mientras yo trataba de memorizar los nombres sin poner cara de que me estaba hablando en otro idioma.

También me dejó claro varias veces que mientras no tuviera intención de disparar debía mantener el dedo lejos del gatillo, algo que repitió con suficiente insistencia para que entendiera que probablemente me daría un coscorrón si me veía hacer lo contrario.

Después comprobó que estuviera descargada, me mostró la forma básica de manipularla y retirar y colocar el cargador, y luego me la entregó para que repitiera lo que acababa de ver.

La pistola pesaba más de lo que esperaba.

—No parece tan pesada cuando la tienen en las películas.

—Las películas también hacen parecer fácil correr mientras te disparan.

—Bueno, eso ya comprobé que no es cierto.

Artem me lanzó una mirada breve y señaló el arma con la barbilla.

—Concéntrate.

Resoplé y volví a mirar mis manos. Intenté recordar el orden en que él había hecho las cosas, cuidando de mantener los dedos donde me había indicado y de no mover el arma como si fuera cualquier objeto. Apenas había empezado cuando su voz volvió a sonar.

—¿Quién estuvo contigo cuando nació tu hijo?

Mis manos se detuvieron y levanté inmediatamente la mirada.

Una palmada rápida cayó sobre mis dedos.

—¡Ay! —retiré la mano y lo miré indignada—. ¿Qué chingados te pasa?

—Te detuviste.

—¡Porque tú me hablaste!

—Te hice una pregunta. En ningún momento te dije que dejaras de hacer lo que estabas haciendo para responderme.

—¿Y cómo quieres que recuerde una cosa mientras hago otra?

—Aprendiendo.

Lo miré con cara de pocos amigos.

—Qué gran explicación, maestro.

Artem apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Si estás en medio de una situación peligrosa y alguien que está contigo te pregunta algo, no puedes bajar el arma, girarte tranquilamente hacia él y dedicarle toda tu atención para responder. En el momento en que dejas de concentrarte en lo que tienes delante, eres vulnerable.

—Pero todavía no estoy en medio de un tiroteo.

—No. Todavía no. —Su expresión no cambió—. Por eso estamos entrenando. Aquí es donde tienes que aprender a hacer varias cosas al mismo tiempo, porque si esperas hasta que haya balas volando para intentarlo, al primer pendejo que le van a meter un tiro en la cabeza por distraerse será a ti.

Abrí la boca para protestar, pero terminé cerrándola.

Pinche güero. Tenía razón y eso era lo que más me molestaba.

—Continúa —ordenó.

Volví a concentrarme en el arma.

—Había una mujer —respondí mientras obligaba a mis manos a seguir trabajando—. Ella fue quien me atendió.

—¿La conocías?

—No.

Mis dedos dudaron apenas y Artem hizo ademán de levantar la mano otra vez.

—¡Ni se te ocurra!

—Entonces no pares.

Murmuré algo bastante poco amable entre dientes y continué.

—Ezequiel la llevó a la propiedad poco antes de que naciera. Yo nunca la había visto antes.

—¿Era doctora?

—Mucho. No eran simples hombres que cuidaban la propiedad. Ezequiel confiaba en ellos y los mandaba cuando necesitaba que algo se hiciera sin hacer preguntas. Ramiro era mayor, moreno, grande, con el cabello siempre cortado casi al ras. Chuy era más joven y delgado, y tenía una cicatriz cerca de la ceja.

—¿Fueron ellos quienes te impidieron salir detrás de Montalvo?

—Sí.

—Entonces los dos vieron que se llevó al niño.

—Sí.

—Entonces los dos vieron que se llevó al niño.

Sentí que se me apretaba el pecho.

—Sí.

—Y alguno puede saber qué pasó después.

Respiré hondo y seguí concentrada en la pistola mientras intentaba reconstruir aquella mañana. La habitación. La puerta. El Rami y Chuy esperando afuera. Ezequiel saliendo con mi bebé en brazos mientras yo intentaba levantarme para seguirlo.

—Supongo que sí —dije solamente.

—Bien.

El pecho se me cerró y mis dedos volvieron a quedarse quietos.

Esta vez Artem no me golpeó.

—¿Crees que ellos podrían saber dónde está?

—Creo que son dos hombres que estuvieron presentes en el momento exacto en que tu hijo desapareció de tus manos. Eso los convierte en personas que necesito encontrar.

El corazón empezó a latirme un poco más rápido.

—¿Y la mujer?

—También. Quizá vio o escuchó algo que tú no pudiste ver desde la habitación.

Bajé la mirada hacia el arma.

Después de todo lo ocurrido, aquello era poco. Sin embargo, hasta el día anterior yo no había tenido absolutamente nada. Ni siquiera había sabido que existía algo que buscar.

—¿Eso de verdad te sirve? —pregunté.

Artem tomó la pistola de mis manos, la dejó sobre la mesa y me sostuvo la mirada.

—Sí. Ya tengo varias pistas para seguir: la mujer que atendió tu parto y esos dos hombres que estuvieron allí.

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