Entrar Via

LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 40

~MINA~

Llegamos a Nogales entrada la noche, después de varias horas de carretera en las que Artem apenas redujo la velocidad lo necesario y revisó los espejos tantas veces que terminé perdiendo la cuenta. No tuvimos problemas en el camino, nadie pareció seguirnos y, cuando finalmente dejó atrás las últimas calles transitadas para detenerse frente a una casa discreta en una zona tranquila, entendí que habíamos conseguido salir de Sinaloa sin que los hombres de Ezequiel volvieran a aparecer.

Artem me explicó mientras bajábamos que la propiedad pertenecía a la Bratva y que la utilizaban cuando alguno de sus hombres tenía negocios cerca de la frontera. No pregunté qué clase de negocios. A esas alturas ya había aprendido que, cuando se trataba de Artem y su organización, era mejor no abrir puertas que no tenía ninguna necesidad de cruzar.

—Parece que la Bratva tiene muchas propiedades —fue lo único que comenté.

—De hecho sí —declaró—. Las necesitamos para los asuntos de trabajo y, especialmente, para poder ocultarnos cuando sea necesario.

—Vaya —murmuré, entendiendo perfectamente de lo que hablaba.

La casa no tenía nada llamativo desde afuera y tampoco parecía diseñada para impresionar por dentro, pero era cómoda, amplia y estaba equipada para que alguien pudiera instalarse allí durante días sin necesitar demasiado.

Artem me apoyó en él y me dejó avanzar despacio mientras yo intentaba no apoyar demasiado el pie. Después de todo lo ocurrido en el departamento, me dolía más de lo que había dolido durante los últimos días y había empezado a inflamarse otra vez, aunque no de la manera aterradora que habría esperado después de correr, forcejear y prácticamente olvidarme durante horas de que seguía lesionada.

—Siéntate —ordenó Artem apenas entramos a la sala.

—Puedo caminar.

—No dije que no pudieras. Dije que te sentaras.

Lo miré mal, pero obedecí porque en realidad agradecía dejar de cargar peso sobre el pie.

Artem desapareció unos minutos y regresó con un pequeño botiquín y algo frío envuelto en una tela. Se agachó frente a mí, tomó mi tobillo con cuidado y empezó a revisarlo como si hubiera hecho aquello cientos de veces.

Movió ligeramente mi pie, presionó alrededor de la zona lesionada y me preguntó dónde dolía más. Yo traté de no hacer caras, pero cuando apretó un punto particularmente sensible se me escapó un siseo.

—Lo forzaste demasiado.

—Pues qué pena —murmuré—. La próxima vez que un grupo de hombres armados intente secuestrarme les voy a pedir cinco minutos para caminar con delicadeza.

Artem levantó la mirada hacia mí.

—Siempre tienes una respuesta.

—Es uno de mis encantos.

—Todavía estoy buscando los otros.

Le hice una mueca, y él volvió a concentrarse en mi pie como si no acabara de insultarme.

Después de unos minutos concluyó que no parecía haberme hecho una lesión nueva, solamente había irritado bastante una zona que todavía estaba sanando.

Estaba agotada, todavía tenía el cuerpo tenso por el ataque y mi cabeza seguía empeñada en regresar una y otra vez a lo que había descubierto horas atrás.

Dormí mal, aunque no por miedo a que alguien entrara en la casa. Sabía que Artem estaba allí y, después de haberlo visto abrirse camino a tiros hasta llegar a mí, dudaba mucho que algún pobre pendejo consiguiera atravesar aquella puerta sin terminar muerto antes de dar tres pasos.

Lo que no me dejó descansar fue otra cosa. Cada vez que cerraba los ojos aparecía la misma pregunta, insistente y cruel, negándose a dejarme en paz.

¿Mi hijo estaba vivo?

[...]

A la mañana siguiente el pie seguía sensible, pero la inflamación había bajado y podía moverme sin demasiado problema si evitaba apoyarlo de golpe.

Desayunamos en una pequeña mesa junto a la cocina. Yo llevaba varios minutos fingiendo que estaba concentrada en comer cuando en realidad apenas probaba nada.

Artem revisaba algo en su teléfono con esa cara seria que ponía cuando estaba trabajando, hasta que terminé dejando lo que tenía entre las manos y lo miré directamente.

—¿De verdad vas a hacer lo que me prometiste?

Levantó los ojos y dejó el teléfono sobre la mesa.

—Sí. Voy a averiguar si tu hijo está vivo.

Escuchar esas palabras hizo que se me apretara el pecho.

—Pero ¿de verdad puedes hacerlo?

Artem tomó otra vez el teléfono, pero en lugar de volver a mirar la pantalla lo dejó a un lado.

—Hay otra promesa pendiente.

Fruncí el ceño.

—¿Cuál?

—Tu entrenamiento.

Parpadeé.

—¿Ahora?

—Ayer demostraste que tienes buenos instintos —continuó—. Dejaste el departamento a oscuras, preparaste una salida falsa, encontraste dónde esconderte y esperaste el momento adecuado para atacar.

—¿Eso fue un cumplido?

—No te emociones. Tu técnica sigue siendo una m****a.

—Ahí está. Sabía que ibas a arruinarlo.

Una sonrisa mínima apareció en su boca.

—El problema es que los instintos no siempre van a ser suficientes. Ayer tuviste suerte. Supiste pensar bajo presión, pero si ese hombre hubiera girado medio segundo antes o si alguno de los otros hubiera estado en la sala, la historia habría terminado diferente.

No me gustó escucharlo, aunque sabía que tenía razón.

—Entonces enséñame. Enséñame todo lo que tú sabes y vuélveme una pinche asesina, porque algún día volveré a tener a Ezequiel Montalvo delante de mí y te juro que yo misma lo voy a matar, pero antes le cobraré cada golpe, cada violación, cada sufrimiento, cada segundo de dolor, pero, sobre todo, si descubro que realmente mi hijo está vivo y que él me engañó todos estos años, haciéndome creer que estaba muerto y me mantuvo alejada de él, haré que lo lamente y se arrepieta de haberse metido con Herminia Salazar.

Artem sonrió complacido y asintió. Luego volvió a ponerse serio y señaló mi desayuno con la barbilla.

—Termina de desayunar. Empezamos el entrenamiento cuanto antes.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO